UNA DECISIÓN IRREVOCABLE

 

 

Me he decidido: lo haré. Y mi decisión es irrevocable. Estoy harto, esto es demasiado para mi.
Y ya que lo voy a hacer, antes haré lo otro. Esa ignominia, esa villanía, no va a quedar impune.
De perdidos, al río. ¿Qué más da? Nada me importa ya. ¿Qué puede suceder? ¿Que me coja la policía? ¿Que me lleven a juicio y me condenen? ¿A la cárcel? ¿Que salga en los periódicos y en la tele? ¿Y a mi qué? A nada les dará tiempo.

Y no me voy a ir así, sin más. Antes de hacer esas dos últimas cosas, tengo que hacer otras. Se van a enterar, de una vez por todas.

Porque puedo hacer lo que quiera. ¡Sí, lo que quiera, lo que me dé la gana! Una vez tomada esta decisión, nada me importa. Paso de lo que piensen, de lo que digan, no me pueden hacer nada más de lo que voy a hacerme yo. Es una sensación extraña, como una liberación. ¡Soy libre!

Puedo ir a esperar a Marta a la salida de su trabajo y decirle, a toque corneta, delante de todos sus colegas, vete a la mierda. Espetarle que es una casquivana, que ya me ha puesto los cuernos con tres de mis amigos, que yo sepa. Que si la perdoné y volví con ella sucesivamente fue porque me daba lástima. Pero hasta aquí hemos llegado, que sepas que ya se acabaron los regalos como el móvil que te compré, de esos exclusivos que me costó un ojo de la cara. Ya nada de invitaciones a cenar a restaurantes caros, ni escapaditas turísticas. Puta.

¿Y a mis amigos? Bueno, esos de amigos nada. A un amigo no se le hace eso. Los ignoraré, seguro que eso les afectará más que insultarles. Seguro. Y que no me llamen para que sea yo el que saque las entradas del cine, del baloncesto o del teatro y, luego, se les olvida pagármelas. Nunca se lo he recordado porque uno es generoso.

También está lo del trabajo. Acudiré tarde al trabajo. Y cuando mi jefe me lo recrimine delante de todos, ridiculizándome, casi insultándome, como siempre que puede hace, le diré eres un capullo, nadie de aquí te aguanta; y lávate tío, que hueles a sudor rancio Y el trabajo te lo metes por donde te quepa. Mamón. De todas maneras, esto que hago nunca me ha gustado.

Y a mi madre. Le voy a cantar las cuarenta a mi madre. Toda la vida me ha tenido debajo de la zapatilla, que me ha vivido la vida y no me ha dejado vida propia. Juanito, vé por aquí, por allá; no, por ahí no… esto no te conviene, que tú no sabes, eres apocado como era tu padre. Tú déjame a mi, que yo te guíe; no tienes mucha iniciativa, pero para eso estoy yo; estudiarás esto que es lo que te va mejor, no eso que tú quieres. ¡Ay, ay!, que poco vales hijo; si no me tuvieras, que harías.
Lo de Marta ni lo sabe, si se entera le da un síncope. Le diré firmemente que eso se ha acabado. Que ya no me mangonea más.

¡Ah!, y que no me gustan las croquetas que me prepara: mucha bechamel y poca sustancia. De hecho, no me gustan las croquetas. Será apoteósico. Espera, no, lo de las croquetas no, demasiado cruel, será mortal para ella. Bueno no sé, veré.

Y luego, antes de irme del todo, haré lo otro, lo gordo, la traca final.

Ha sido él. Lo sé, aunque mi madre me dice que no, que no tengo pruebas. Nuestro vecino de la puerta de al lado. Desde que murió su mujer se ha transformado en un viejo malhumorado y cascarrabias; antes era de otra manera, lo conozco desde chico. Yo ya venía desconfiando, porque cuando coincidíamos en el rellano miraba a Atila con evidente irritación y empezaba a relatar algo sobre ladridos, chucho, dormir, mear puerta. El perro le devolvía la mirada y grunía. No se caían bien. Seguro que Atila detectaba sus malas intenciones; los animales perciben esas cosas.

No sé como lo habrá hecho. Lo mismo le ha dado alguna golosina envenenada. El caso es que mi perro empezó a encontrarse mal y no quería comer. Bien es cierto que era ya viejo: dieciséis años, que para un perro ya es mucho, como más de cien años humanos. El veterinario habló de nosequé desarreglo de los riñones y de infección generalizada, que no tenía mucho remedio. Al final tuvimos que sacrificarlo. Pero a mí no me quita nadie que fue él, mi vecino. Fue muy doloroso, lo pasé mal, más que mal. Atila era la mitad de mi vida, vale que algo revoltoso. Dormía en mi cuarto, comía en mi cuarto, me lamía la cara. Hemos compartido muchos momentos, buenos y malos.

Todavía no he pensado cómo ultimarle (al vecino) para que sufra considerablemente. Le atropellaré con la bici, o lo insultaré repetidamente, a ver si le da un ataque al corazón. Antes, le mandaré un anónimo amenazante y entrará en pánico. Eso, que sufra antes de finiquitarlo.

Después ya podré apagar mi interruptor.

¿Y cómo lo haré? Lo mío, digo. Que no sea muy doloroso, no hay que pasarlo mal. Tampoco que el cuerpo quede en mal estado, que lo mismo lo ve Marta. ¿Y si luego mi madre tiene razón, y hay Dios, y me castiga con las llamas eternas? Eso siempre me ha angustiado: Juanito, sé bueno y obedéceme, no vaya a ser que el Señor te mande al infierno. 

La cosa es muy problemática, además me da la sensación de que todo esto que estoy contando es como si ya hubiera pasado antes, como eso que llaman deja vu.

No sé, no sé, me vienen las dudas. Pensándolo bien, ¿por qué lo tengo que hacer? ¿Por qué me tengo yo que joder? Todo se puede arreglar.

Lo reconsideraré, no hay que precipitarse. Siempre hay tiempo. Pero hacerlo, seguramente lo haré. Y la próxima vez, idearé que otras más cosas puedo realizar antes del fin definitivo. 

El Diablo Cojuelo

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