LAS LENTES DE LA MAGA

 

Olvidó Sinbad contar al señor Cunqueiro, maestro en el decir antiguo, lo que vino a acontecerle estando de navegación rumbo a Catay. A más de mercancías diversas, llevaba el piloto a dos damas, madre e hija, que el rey marinero de Portugal le había encomendado para depositarlas sanas y salvas en el puerto de Guangzhou.  No sabía el nauta el motivo del viaje de las damas y tampoco le asaltó suficiente curiosidad para preguntarlo ni averiguarlo. 

Se detuvo Sinbad, por inclinación, en remirar a la más joven y aprobó que tuviera cuerpo alto y proporcionado, aunque la notó un tanto envarada en su porte. Los ojos eran grandes, glaucos y hermosos, pero inertes, y no decían nada por más que el almirante los buscara e interrogara. 

Mirándola, quería Sinbad figurarse aquel párrafo que le regaló el señor Neruda:

espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,

que después pondría el poeta en el papel, acompañado de más renglones. Fueron estas palabras trueque a cambio de la gorra marinera con la que el señor Pablo  se toca en algunos retratos.

Gastaba la niña labios gruesos y bermejos, pero mezquinos en el sonreír. No era tampoco muy abundante en su plática, pues solo condescendía en respuestas monosilábicas, pero casi nunca hacía la merced de conceder palabra espontánea. Sus vestidos cada día eran distintos, siempre primorosos, al igual que los parasoles de seda, y los abanicos múltiples, alguno con varillas de hueso de avestruz y país de plumas escogidas de aves del Paraíso, y que abría y meneaba con desgana cuando se echaba la brisa. Guardaba en su bolsa de tafetán doble un espejo ovalado, de marco de cuarzo rosa y puño de nácar, en donde de continuo se observaba.  Seguir leyendo “LAS LENTES DE LA MAGA”

MIGUEL HERNÁNDEZ EN LA MEMORIA

 

MIGUEL HERNÁNDEZ GILABERT (1910-1942): Dibujos de Antonio Buero Vallejo (1940) y Eusebio Oca (1942)

 

¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?

¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita?

Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.

Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.

 

 

 

El rayo que no cesa. MIGUEL HERNÁNDEZ 

 

Miguel Hernández murió, a los 31 años, en la enfermería de la prisión de Alicante, tras padecer bronquitis, tifus y tuberculosis. Hoy hace, justamente, 75 años de aquel 28 de marzo de 1942; era sobre las 5 y media de la mañana. Fue amortajado por sus propios compañeros y trasladado al patio de la cárcel donde los presos desfilaron ante su cuerpo. La banda de la prisión interpretó la Marcha fúnebre de Chopin. El cadáver fue entregado posteriormente a la familia para su entierro.

 

 

 

 

SI TIENES QUE TENER UN CREDO, QUE SEA EL TUYO.

“Tú puedes llevar el camello al pilón, pero no le puedes obligar a que beba, eso es cosa suya”. Eso pensaba mi abuelo Francisco con respecto al enseñar y aprender. A mi abuelo, las dos cosas que más le gustaban eran viajar y leer, tal vez porque lo que más le interesaba era saber, comprender. Al respecto me decía: “Nieto, hay que tener una formación completa”, y a renglón seguido me recordaba el dicho del Quijote: “El que lee mucho y viaja mucho, ve mucho y sabe mucho”.

Pensaba que se aprende más de la experiencia que de los libros, que el aprendizaje salido de las vivencias enraiza más. “La escuela esta bien, pero aborrega mucho”; a veces era algo extremista. Opinaba que las crisis son de lo más valioso para aprender, que “dolores son lecciones”.

Era muy aforístico mi abuelo. Para él, las sentencias eran como comprimidos de sabiduría.

Un día (era yo adolescente, intentaba enmendar el mundo y me había dado por preocuparme por ciertos temas) le pregunté qué era para él lo más importante, lo que le guiaba. Tenía curiosidad por saber los secretos de alguien que para mí era el más sabio. 

Me miró amusgando sus ojillos socarrones y se burló: “Ah, listillo, tú lo que quieres es que te dé las claves de la suprema sabiduría, o sea, que te empaquete en diez minutos lo que me ha costado una vida destilar.” Se quedó un momento pensativo y , al fin, me dijo: “Te decepcionará, pero vamos allá” Seguir leyendo “SI TIENES QUE TENER UN CREDO, QUE SEA EL TUYO.”

LO NIEGO TODO

Ella no advierte hasta qué punto es inclemente. Me espeta, en su fragor sorpresivo, que solo bebo, como, me hago algo de limpieza personal, alguna cosilla más en connivencia con ella, y que lo único que hago diferente de lo que podemos llamar tareas de mantenimiento, es leer autores muertos y rever la serie de 7 vidas.

Antes se quejaba, se está quejando, se volverá a quejar: no hablamos, no salimos, no vamos al cine, no cenamos fuera… Como un martillo pilón, empecinada, tesonera. ¡Ay, Dios, dame paciencia! 

No tiene tacto, es de las personas que piensan que siempre hay que decir toda la verdad, o sea, todo lo que ellas consideran verdad. No encuentra el término medio entre la sinceridad y la estupidez, entre el engaño y la crueldad. No se da cuenta de que ser consciente es sufrir. Se lo he dicho muchas veces, pero es una batalla perdida. Yo, por mi parte, no me quejo, pero es que no me respeta, no es tolerante, no me comprende, quiere hacer de mí un apéndice suyo, no admite mi independencia inofensiva… Seguir leyendo “LO NIEGO TODO”

LA NÍNFULA

 

 

nabokov-2
Vladimir Nabókov (1899-1977)

 

“La miré y la miré, y supe con tanta certeza como que me he de morir, que la quería más que a nada imaginado o visto en la tierra, más que a nada anhelado en este mundo. No era sino el vago humo violeta, el eco muerto de la nínfula sobre la cual me había arrojado con tales gritos en el pasado; un eco a la orilla de un barranco rojo, con un bosque lejano bajo un cielo blanco, y hojas pardas ahogándose en el arroyo, y un último grillo sobre la crespa maleza…, pero gracias a Dios, no era sólo ese eco lo que yo había venerado. Lo que yo solía acariciar entre las zarzas enmarañadas de mi corazón, mon grand péché radieux, se había agostado: vicio estéril y egoísta, yo lo anulaba, lo maldecía. Pueden ustedes burlarse de mí y amenazar con despejar la sala, pero hasta que esté amordazado y medio estrangulado seguiré gritando mi pobre verdad. Insisto en que el mundo sepa cuánto quería a mi Lolita, a esa Lolita, pálida y manchada, con otra niña en su vientre, pero siempre con sus ojos grises, siempre con sus pestañas negras, siempre castaña y almendra, siempre mi Carmencita, siempre mía. Changeons de vie, ma Carmen, allons vivre quelque part ou nous ne serons jamais séparés. ¿Ohio? ¿El agreste Massachusetts? Poco importa que sus ojos se marchitaran en los de un pez miope, que sus pezones se hincharan y rajaran, que su triángulo delicado, encantador, aterciopelado, joven, se ensuciara y desgarrara… aun así enloquecería de ternura con sólo ver tu querido rostro pálido con sólo oír tu voz juvenil y ronca, mi Lolita.”

 

nabokov-firma

Lolita. VLADIMIR NABÓKOV

(Traducción: Enrique Tejedor)

 

LIBERTAD (homenaje a Paul Eluard)

 

 

libertad-caminos

 

 

En las puertas de las iglesias
en la ira de las mujeres
en las banderas manipuladas
yo escribo tu nombre.

En las hogueras de libros
en la palabra no
en todas las transgresiones
yo escribo tu nombre.

En la frente de los catequistas
en sotanas y uniformes
en fronteras y censuras
yo escribo tu nombre.

Seguir leyendo “LIBERTAD (homenaje a Paul Eluard)”

ALDONZA Y DULCINEA

d-quijote-en-sierra-morena


Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso…

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (capítulo I)
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

Hallándose don Quijote en medio de Sierra Morena, y en medio de su penitencia, asaltóle la malencolía. Infelice, cabizbajo fatigaba las veredas, llevando su tribulación a rastras. No lo conmovían las asperezas de las zarzas ni la crueldad helada del relente. 

Cautivaba su corazón la imagen de la etérea Dulcinea, la sin par, la perfeta. Desencantado, acordábase de su dama, de lo poco que le habían aprovechado sus fatigas y desvelos. Y a escondidas, sin que su autor lo advirtiera, el caballero tomó un cacho de pizarra y con trabajo y aflición puso en una lisa pared de piedra aquesto que yo encontré:

Señora, y no mía,
este es vuestro galardón: nada.
Pues nada queda cuando todo se arrasa,
si no es la muerte, negra y voraz.

Gran mal me hizo vuestra inclemencia,
que no me truncaron espadas ni lanzas,
más no hube broquel para tu gesto desdeñoso.

Sea vuestra voluntad destino,
agosten los campos
y no retornen las aves,
sin voz queden las espadañas,
sin cruces los altares. Seguir leyendo “ALDONZA Y DULCINEA”