EL PUENTE DE LAS DONCELLAS

 

 

 

 

Por los ojos del puente de las Doncellas
pasa, turbia y presurosa, el agua.
De los costados del río, la miran, 
silenciosos, chopos, abedules, hayas.

Siempre la misma, siempre otra,
buscando la mar baja el agua.

Desde la loma que encumbra la ermita, 
colmada de trébol y amapolas,
la mira pasar, sin verla,
la romerita menuda, solitaria. 

Hacia dentro miran los ojos de la niña.
Otrora reidores, agua de sus ojos sangra.
Derribada por una ráfaga de tristeza,
su cabeza se abate, derrotada.    
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TERAPIA DE PAREJAS

 

 

 

Estos están peor que nosotros, me decía después de haberlos observado un rato. Estaban sentados en el sofá, cada uno en un extremo, él hojeando una de esas revistas de motor; ella, piernas cruzadas, brazos cruzados, labios apretados, cara de estaca. Eran aún jovencitos, sobre treinta y pocos. El hombre había cogido la revista de uno de los dos montones que había en el piso inferior de una mesita baja de cristal que estaba en el centro de la sala. Estaba junto con revistas de informática, de deportes… En el otro montón las revistas eran de moda, muebles, cocina, de cotilleo… Mi santa, de inmediato advirtió la separación y la desaprobó murmurando Mal empezamos.

Hubo un momento en el que el joven se inclinó hacia su pareja para enseñarle la revista, mientras le decía con un entusiasmo infantil que compartió con todos los que allí estábamos:

– Fíjate, churri, éste es el coche que quiero que nos compremos, ¿a que mola?

Ella miró de reojo alrededor y después lo fulminó con una de esas miradas equivalente a ¿Tú eres gilipollas o qué?, de resultas de la cual el otro arrió velas y se hundió en el sofá y, de nuevo, en la revista.

¿Qué dónde estoy? Pues en la sala de espera de un especialista en terapia de parejas.

¿Que qué hago aquí? Pues ella me ha traído, yo no tenía ningún interés, pero cosas peores he hecho por no oírla. No sé si habré dicho ya lo empecinada que puede llegar a ser.

¿Qué por qué? Pues, a estas alturas, ésta debe ser una pregunta de las retóricas, pero me la responderé.

Últimamente estaba como rara porque hablaba poco, no me punzaba, no protestaba, estaba desganada, algo alicaída… Así han pasado unos cuantos días y yo (perdón), estaba casi feliz.   Seguir leyendo “TERAPIA DE PAREJAS”

ROMANCILLO PARA ALGUNOS POLÍTICOS

 

 

 

 

¿Qué habremos hecho, señores,
para que tamaña plaga
nos fustigue de esta forma
inmisericorde y bellaca?

De todo tipo tenemos,
por todas partes están,
para todos los gustos hay,
¿para cuando cesarán?

Falsos, corruptos, trepas, 
hipócritas, impresentables,   
arribistas, sinvergüenzas, 
cínicos, necios, vivales.

Peculiares son algunos,
miserables sobre todos:
a más de delincuentes,
arrogancia y malos modos.

Si yo tuviera una escoba,
como la canción decía,
haría una gran limpieza,
muy escasos dejaría.

Un catecismo les hagan,
que precisan instrucción;
no tienen dos cosas claras:
para qué están y quienes son. Seguir leyendo “ROMANCILLO PARA ALGUNOS POLÍTICOS”

NO HAY CRISIS QUE POR BIEN NO VENGA

En todos estos sacudimientos de mi vida salía al fin ganando alguna cosa…
EL LOBO ESTEPARIO. Hermann Hesse

Todos hemos pasado alguna vez por alguna de ellas. Son esas situaciones personales en las que, de repente e impensadamente, nos vemos sobresaltados, zarandeados. Puede ser más o menos extensa, profunda o duradera, estar generada por diferentes razones o agentes; a veces aguarda agazapada, larvada, otras veces un inesperado e intenso suceso la desencadena.

Estaba todo en su sitio, todo más o menos controlado, razonablemente estable. Las cosas eran predecibles, éramos como éramos y no pensábamos que pudiéramos  cambiar mucho.

Y aparece una crisis profunda. Casi siempre invasora, devastadora, dolorosa. Lo que nos ha pasado, lo que nos está pasando, nos rebasa, nuestros estables esquemas aparecen desordenados, alterados o destruidos. Tal vez nos veamos obligados a una recomposición interior, a revisar, matizar, nuestras creencias, nuestros valores, las cosas que nos parecían más o menos importantes, nuestros conceptos sobre personas, situaciones, hechos.  Seguir leyendo “NO HAY CRISIS QUE POR BIEN NO VENGA”

¿¡VIVA LA TECNOLOGÍA!?

La tecnología no acerca a los más lejanos y nos distancia de los más próximos.
Michele Norsa

Cuando el que escribe era aún más joven, casi niño, ya me gustaban las películas de ciencia ficción. Sin saber por qué, se me quedó en la memoria una en la que un hombre entraba en una biblioteca y, conforme recorría los anaqueles, iba pasando sus dedos por el lomo de los libros. Por el solo contacto, por obra y arte del cine, el conocimiento contenido en ellos se iba traspasando a su mente, de forma que su cerebro iba creciendo, creciendo cada vez más, hasta configurar una cabezota respetable. Cabeza grande, cuerpo desproporcionadamente pequeño; dedos largos, espirituales.

Curiosamente, no le había dado a este señor por acceder a la caja fuerte de un banco y pasar sus dedos por los billetes, lo que, ya de entrada, era admirable. Ejercitaba yo mi imaginación pensando que así llegaría a ser el hombre del futuro: interesado por el conocimiento, más inteligente, más sabio.

Ahora que soy un poco más mayor y que la imaginación ya no me funciona igual, compruebo que el hombre es realmente sabio porque, sin necesidad de acabar teniendo un cuerpo deforme como el protagonista de aquella peli, ha ido inventando cosas maravillosas, que nos facilitan enormemente la vida; nos ahorran, en buena parte, las engorrosas tareas de hacer y pensar. Y así, aquí nos vemos, de lleno en la era de la tecnología, omnipresente como una diosa, con toda la infinidad de aparatos que, seductora, nos ofrece. Seguir leyendo “¿¡VIVA LA TECNOLOGÍA!?”

¿AÚN NO HAS LEÍDO EL QUIJOTE?

 

 

Don Quijote y Sancho (Pablo Picasso)

 

“- Ahora digo – dijo Don Quijote- que (…) así debe ser mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla.
– Eso no -respondió Sansón- porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran.”

Miguel de Cervantes Saavedra.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA (II, 3)

 

Los que tenemos el castellano como lengua materna podemos sentirnos orgullosos  de que en ella se haya escrito una de las mayores obras literarias de todos los tiempos. Y, más importante, podemos disfrutar de la ventaja de acceder, con más facilidad, a su lectura y entendimiento. Otros han tenido que aprenderla para poder hacerlo; así, el escritor ruso Aleksandr Pushkin aprendió el castellano para poder leer, sin mediar traducción, el Quijote.  Una obra literaria hay que leerla en su lengua original, si se quiere entender con plenitud.

No obstante este privilegio, si se preguntara a los hablantes del castellano si han leído el Quijote completo, mucho me temo que las respuestas afirmativas no serían mayoritarias.

En este tiempo de prisas, búsqueda de lo práctico, en el que los medios tecnológicos nos dan las cosas de manera instantánea y sin esfuerzo, leer el Quijote puede representar para algunos un esfuerzo inútil y un tiempo desaprovechado. 

¿Merece un esfuerzo el Quijote? ¿Merece una oportunidad?

Para muchos, los personajes de Don Quijote y Sancho son entrañables, únicos, algo diferente a todo. Sí, también Sancho, muchas veces más protagonista que su amo; sin el escudero la obra no se entendería. Al respecto, Orson Welles opinaba: “El gran mito es don Quijote, pero Sancho es el gran personaje. Es maravilloso, un personaje maravilloso.”
 Por si pueden servir de ayuda para que alguien se asome a este mundo encantado, desengañado, tierno…, a continuación se incluyen algunas “invitaciones para la lectura del clásico castellano:
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LAS LENTES DE LA MAGA

 

Olvidó Sinbad contar al señor Cunqueiro, maestro en el decir antiguo, lo que vino a acontecerle estando de navegación rumbo a Catay. A más de mercancías diversas, llevaba el piloto a dos damas, madre e hija, que el rey marinero de Portugal le había encomendado para depositarlas sanas y salvas en el puerto de Guangzhou.  No sabía el nauta el motivo del viaje de las damas y tampoco le asaltó suficiente curiosidad para preguntarlo ni averiguarlo. 

Se detuvo Sinbad, por inclinación, en remirar a la más joven y aprobó que tuviera cuerpo alto y proporcionado, aunque la notó un tanto envarada en su porte. Los ojos eran grandes, glaucos y hermosos, pero inertes, y no decían nada por más que el almirante los buscara e interrogara. 

Mirándola, quería Sinbad figurarse aquel párrafo que le regaló el señor Neruda:

espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,

que después pondría el poeta en el papel, acompañado de más renglones. Fueron estas palabras trueque a cambio de la gorra marinera con la que el señor Pablo  se toca en algunos retratos.

Gastaba la niña labios gruesos y bermejos, pero mezquinos en el sonreír. No era tampoco muy abundante en su plática, pues solo condescendía en respuestas monosilábicas, pero casi nunca hacía la merced de conceder palabra espontánea. Sus vestidos cada día eran distintos, siempre primorosos, al igual que los parasoles de seda, y los abanicos múltiples, alguno con varillas de hueso de avestruz y país de plumas escogidas de aves del Paraíso, y que abría y meneaba con desgana cuando se echaba la brisa. Guardaba en su bolsa de tafetán doble un espejo ovalado, de marco de cuarzo rosa y puño de nácar, en donde de continuo se observaba.  Seguir leyendo “LAS LENTES DE LA MAGA”