MONÓLOGO DE UN CICLISTA

Cuando me he dado cuenta, ya tenía un manillar sobre las narices, a punto de atravesarme los quevedos y estropearme un ojo. El resto de la bicicleta también ha estrellado en mí con violencia. Quedamos así, ella y yo, componiendo un cuadro absurdo y contradictorio, casi ridículo: una bicicleta, algo tan dinámico, tan cinético, y una estatua de mi porte. Choca, desentona con mi esencia estática además de con mi continente grave y reposado, y lo violenta claramente, dando la impresión de algo sumamente antiestético e irrespetuoso. 

¿A ti no te parece? Lo mismo detectas en mis palabras algún deje irónico, y no me tomas en serio. Pero, créeme, aunque intente tomármelo con humor, no termino de acostumbrarme a esta y otras zafiedades de las que ya te he dado cuenta. Así que espero de tu parte un poco de empatía y solidaridad, ya que eres mi íntimo confidente, te cuento cosas que hasta ahora no había contado a nadie.  

No culpo al biciclo, que al fin y al cabo es artefacto útil y sin ninguna voluntad de molestar, sino a su dueño que me la ha apontocado con desconsideración y daño para ella y para mí. 

El sujeto llega sudoroso y resoplando, se deshace del casco y de la mochila, me los pone al lado, Y, menos mal, él se sienta en el otro extremo, lejos de mí. 

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MELANCOLÍA

Sin que sepa por dónde habrá entrado, se me ha colado la melancolía. Es un estado algo desagradable y molesto, el melancólico. Es como si te cercara un halo negruzco, los colores desaparecen o se difuminan, todo tiende al gris. Las fuerzas menguan, te vuelves átono, un poco desvalido. La tristeza te ronda tenaz, te permea entero, se te pega como una mosca cojonera. 

Creo que me he dejado abiertas las ventanas de los recuerdos y por eso la he cogido, como se coge un resfriado. Un resfriado de melancólicos recuerdos. Aunque puede ser que ya la tuviera dentro, y ahora me dice: no he entrado, aquí estaba, ¿no lo sabías de otras veces? 

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LAS ROSAS NO SE ROBAN

—Señora, esas flores son cosa pública. 

Lo dice esta joven que ya lleva algún tiempo sentada en mi banco, leyendo, a intervalos, un libro de política. De su perfil derecho, que es el que puedo ver, atraen mi atención un lunar bajo el labio inferior y un zarcillo colgante de plata. 

Se  dirige a una mujer mayor que está junto al rosal de al lado. La mujer, con la despreocupación de quien está en su jardín, se afana en aligerar el rosal, cortando sus flores y metiéndolas en una bolsa de plástico que lleva colgada del brazo. Ocupación censurable se me antoja este quehacer, y de mal gusto el agolparlas en una innoble bolsa de plástico. Pero ya se sabe, la belleza puede ser peligrosa para sí misma, pues en su esencia aúna su gloria y su perdición: hay quien no se satisface con admirarla, además quiere poseerla. 

Cuando lo oye, la señora se gira y amusga los ojillos para mirar, con cierta mala uva, a la impertinente. Se nos acerca al banco y prefiere, en contra de lo que parecía su primer impulso, optar por las buenas formas: 

—Hija, es que, casualmente, pasaba por aquí, me ha llamado la atención lo bonitas que son, y me ha dado por coger una —el tono intenta ser seductor, casi obsequioso.

—Señora, ahí no lleva usted solo una —dice la muchacha señalando la  bolsa de plástico, de la que asoman un buen puñado de rosas delatoras. Y añade: 

—Y viene usted equipada con esas tijeras, lo que no parece tan casual — su dedo se dirige ahora a las tijeras que la otra todavía ostenta en la mano derecha. 

No se detiene y prosigue, inclemente:

—Y es el segundo rosal que saquea en detrimento de la propiedad colectiva. Ya ha cogido de aquellas —apunta a un rosal de rosas blancas un poco más lejano—  Si hubiera sido una sola tal vez no le hubiera dicho nada, pero está procediendo una expoliación. 

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ESTA NIEBLA HE SOÑADO CON ESTATUAS

Todo es una algarabía de ruidos de herramientas y de vestigios confusos de rostros y cuerpos. En este estado de irrealidad todo parece congregarse en esta masa de niebla gris y húmeda que me cerca y que, en mi interior, se hermana con la bruma de mis cavilaciones. 

Creo haber oído descargar la maza sobre el puntero, he sentido el calor del metal líquido al vaciarse en los moldes, he distinguido el rascar de la espátula, el runrún de la lima; he observado la contundencia del desbaste, la crispación de la mano que empuña el cincel o las gubias y la suavidad de la que modela y pule. 

Se me han figurado relinchos de caballo, estrépito de armaduras y espadas, destellos de manos rojas de arcilla, el rasgar de una pluma sobre el papel, el sonido del volteo de la página de un infolio, las destemplanzas del agua, sol y el viento.

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MAMÁ, ESE HOMBRE TE ESTÁ MIRANDO EL CULO

Desde que llegó casi no se ha movido. Lo tengo aquí al lado, mirándose el interior de las manos entrelazadas sobre las piernas. Está flaco, los pómulos le sobresalen; debajo de la gorra, los ojos se le sugieren chicos y con ojeras abultadas. Casi no tiene labios, la boca apretada es ahora una hendidura delgada. No lleva barba, solo es que no se ha afeitado en varios días. El semblante es triste, meditabundo. Debajo de una de esas feas prendas de plástico, que son como acolchadas, lleva una sucinta camisa de rayas, algo sucia. Los pantalones, de pana, atacados con un cinturón negro de cuero cuarteado, le sobran por todas partes. Los zapatos no son muy viejos, pero lo mismo que su dueño, se ven algo deteriorados por la falta de cuidados. Resumiendo, no tiene buen aspecto; está claro que la vida no le trata demasiado bien. Si pudiera le daba algo de conversación para que se evadiera un poco de sus cuitas, pero se supone que las estatuas no estamos muy dotadas para eso. Sin embargo, aunque este no sea el caso, no faltan los solitarios que me hablan; me hacen comentarios de lo más variado sobre esto y aquello. Será la necesidad de ser escuchados o de echar fuera lo que piensan; no sé. Algún día te lo contaré con pormenor. 

Enfrente, a cierta distancia, una mujer, inclinada, con una falda amplia estampada y una camisa color caldera, está atándole los cordones de los zapatos a un crío pequeño, de sobre dos años. La mujer es más bien joven y muy guapa. Tiene el pelo trigueño, cortado a lo garçon, como se decía antes. Estaba yo atisbando la escena, pensando en la plenitud de la madre, y la incipiencia del niño que, a su vez, miraba hacia a mi banco, cuando sucedió:  

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QUIÉN FUI, QUIÉN SOY

En espacios anteriores he dejado apuntado algo sobre lo que ahora soy. Tal vez convenga decirte alguna cosa sobre quién fui y lo que me queda de quien fui. Lo que diré será poco, lo esencial para hacer más entendible el porqué de estos escritos; otros detalles tal vez queden esparcidos en el transcurso de mis relatos futuros.
Ningún interés tiene mi identidad, no importa mi nombre. Un hombre no es un nombre, un hombre es lo que hace. Yo hice cosas de las que me siento razonablemente satisfecho, casi todas incitadas y mantenidas por tres poderosos motores: la curiosidad, la capacidad de asombro (lo que llamé la admirabilidad) y el tesón.

Casi recién estrenado el siglo XX me puse a escribir un puñado de páginas sobre lo que hasta entonces había sido mi historia. En la “Advertencia al lector” me hacía eco de algo que me parece esencial y con lo que seguramente estarás de acuerdo: “el hombre es función del medio físico y moral que le rodea”.  Es decir, no se puede comprender cabalmente a un hombre si no se le mira a la luz de su entorno. Porque buena parte de su ser y de su carácter lo irá construyendo en base a sus experiencias, a sus vivencias en el lugar y el tiempo en el que le ha tocado nacer. 

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COMPAÑÍAS FORZOSAS

Ha llovido estos días, la bendita lluvia algo me ha adecentado y me ha mejorado el humor. Aún así, de vez en vez, se me subleva el recuerdo de esa aciaga noche en que aquella jovencita tuvo el fisiológico descuido de vomitarme encima. En fin, ya pasó y todo va volviendo a la normalidad. La gente ya no se lo piensa antes de sentarse a mi lado, y las mamás, más relajadas, dejan que los niños se me acerquen. Aunque yo preferiría que no se acercaran tanto ni tantos. Los hay que se me quedan mirando con esa inocente expresión asombrada de los niños: mamá qué señor tan serio, mamá ¿le puedo tocar la cara? Los hay que, una vez constatado de la mano de su mamá que soy inofensivo, se toman demasiada confianza y ancha es Castilla: los más chicos se me suben encima, me agarran el bastón, meten los dedos por las antiparras, me hacen lo que solo un niño puede imaginar. No me coge desprevenido, ya he dejado escrito de los instintos anarquistas y libertarios del niño; mi propia niñez lo refrenda. Y todo ello sin que los mayores les llamen la atención. Esto de la educación permisiva, que a veces se me parece a ausencia de educación, va a acabar conmigo. Por cierto, hace poco fui testigo del acalorado debate de una pareja sobre lo que llamaban el estilo educativo: que si las inconveniencias del estilo educativo autoritario, que tampoco hay que pasarse sin más al libertario, que si lo mejor es el democrático. En otra ocasión tal vez lo cuente, pues la pedagogía desde siempre me ha interesado. Es una inclinación que heredé de mi padre y, sin faltar a la modestia, he leído bastante sobre esta materia y mis escritos están abundantemente salpicados de consideraciones y apuntes pedagógicos.

El otro día estaba tan alterado que no comenté con pormenor nada de mi aspecto, ni de mi situación en este espacio ajardinado. Cuando me trajeron me colocaron en una amplia y céntrica glorieta, no puedo quejarme en lo tocante a este aspecto. A otras estatuas las postergan a un rincón perdido a donde casi nadie llega. La verdad no sé que será mejor; hay ocasiones en las que prefiero fervientemente aburrimiento y sosiego.

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INDIGNIDAD NOCTURNA

Esto es sumamente incómodo, bochornoso y, en ocasiones como ahora, degradante. La cosa empieza porque a un lumbreras se le ocurre (no se sabe bien por qué) que te tienen que homenajear, y de qué mejor manera que haciéndote una estatua. El susodicho lo lleva al pleno del Ayuntamiento y a los otros munícipes les parece bien, así que lo aprueban. Entonces te plantifican en una glorieta (menos mal que no me inauguraron) y ahí te quedas hasta que te deteriore el personal o, si eres político o individuo de banderías, que no es mi caso, hasta que caigas en desgracia y te arrumben en un almacén. Así de simple. 

Así que aquí estoy, petrificado en bronce, inerme, a merced de meteoros, animales y, sobre todo, ¡ay!, humanos. Que los humanos pueden ser cosa muy particular no es nada novedoso, la naturaleza entera sabe de qué son capaces. Pero siempre hay alguno que, por muy curado de espanto que estés, consigue que te pongas las manos en la cabeza y pasmado te preguntes: cómo es posible. 

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AMORALIDAD ABSOLUTA

No me costó nada matarlos. Fue cosa relativamente sencilla, y para mí la culminación inexorable de un proceso que arrancó mucho tiempo atrás. Mis padres ya lo habían iniciado poniéndome a salvo de los efectos apaciguadores y anestésicos de la catequización con la que todas las sociedades se protegen de sus individuos. No asistí a las escuelas ni a los templos. Me dieron una educación libérrima procurando que desarrollara un agudo y extenso sentido crítico. Nada estaba a salvo ni era sagrado para la indagación de mi mente. 

Con seguridad que ellos no perseguían lo que después sucedió y a ellos mismos les alcanzó. Pero era inevitable, era un proceso natural: en mi ansia de libertad no me detuve ante ningún obstáculo y llegué hasta el final. 

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EN TIEMPO DE DESOLACIÓN NUNCA HACER MUDANZA

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Esta acertada recomendación está en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola (EE318). En ellos señala que existe desolación espiritual cuando existe escuridad del alma, turbación de ella (…), inquietud de varias agitaciones y tentaciones… La expresión y el léxico utilizados son, obviamente, los propios del  contexto. Pero, básicamente, se refiere a una situación de crisis personal, cuando estamos en horas bajas. Podemos, pues, «modernizar», en la forma, el consejo:

En tiempo de crisis, nunca tomes decisiones importantes. Seguir leyendo «EN TIEMPO DE DESOLACIÓN NUNCA HACER MUDANZA»

LA PRIMERA CITA

Esa mesa del rincón es la mejor, está alejada del paso de la gente, nadie nos importunará. Creo que he llegado algo temprano, mientras la espero me tomaré una manzanilla. Llamaré a ese camarero alto, es el que mejor me atiende. 

Estoy algo nervioso, es la primera vez que quedamos solos. A ver qué haces, no vayas a meter la pata, las primeras impresiones son muy importantes. 

Cuando la vea entrar, cuando la vea andando como solo ella sabe andar, salgo a su encuentro a recibirla. No, eso tal vez sea excesivo. Mejor me quedo sentado, pero le sonrío mientras se acerca. Cuando llegue sí que me levanto. Le digo hola, ella también me dirá hola. Se sienta y solo entonces me siento yo. Le digo qué guapa estás, ese vestido te queda estupendamente. Le gustará que se lo diga, seguro. Y se reirá, siempre está riendo. Traerá el vestido largo y entallado por la cintura, de color azafrán, el que me gusta. Bueno, si trae otro también le digo que está guapa. ¿O no le digo lo de guapa y solo que el vestido le sienta bien? No quiero propasarme. 

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EL 11 DE JUNIO

Todo se juntó. A la muerte de mi padre y al dolor que postergó a mi madre se añadieron mis problemas de pareja y laborales. Como dice el refrán, Bien vengas mal si vienes solo.

La enfermedad de mi padre me había llevado bruscamente a situaciones novedosas para mí. Acostumbrado a que todo me lo facilitaran, o directamente me lo resolvieran, cuando tuve que asumir responsabilidades, tomar decisiones y hacer frente a problemas todo ello me vino grande. Menos mal que tuve la ayuda de mi madre, a la que todo consultaba. Tras el desenlace, los dos quedamos agotados. 

La relación con Delia ya hacía tiempo que no funcionaba, algunos malentendidos la habían deteriorado, la notaba cada vez más alejada. A raíz de lo de mi padre empeoró aún más y yo no disponía de tiempo y fuerzas para enderezarla. Parece que todo esto no era suficiente porque se unieron a estos problemas los del trabajo, con cambios no deseados y frustración en las expectativas que había alimentado. Tengo que reconocer que nunca he tenido mucha presencia de ánimo y que todo esto reunido me rebasaba. Veía delante una montaña enorme que no podría superar. Me sentía hundido, me parecía que nadie tenía más problemas que yo. No tenía ganas ni ánimos para reaccionar, así que me replegué, me ensimismé en mi estado, me regodeé en mi desventura. 

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CAMARERO EN SU ATALAYA

Camarero en su atalaya

Antes de salir de su casa para el trabajo, Enrique no olvida ponerse la coraza y dejar en un cajón sus atributos masculinos. Son precauciones no nacidas solamente de la reflexión sino mayormente de los años de experiencia. Enrique es camarero, pero no cualquier camarero. Lo suyo es vocacional, es un profesional de la hostelería, de los que piensan que ser un buen camarero no está al alcance de cualquiera. El camarero debe tener tacto, nervios de acero, el freno de mano siempre a mano, la paciencia del santo Job. Un camarero debe saber tomar el pulso al cliente y hacerle un diagnóstico inicial, aguardar o tantear para ver por dónde sale y obrar en consecuencia. No es tanto, pues, una preparación técnica la que se requiere (que también), sino además un cierto talante y otras virtudes que a veces, como es el caso de Enrique, van incluidas en la forma de ser.  

Una de las razones por las que a nuestro hombre le tira su profesión es porque es una suerte de atalaya desde la que otea cómo se revela la variada condición humana. 

Alrededor de esas mesas que, con esmero,  ya se ha ocupado de  colocar y limpiar, se sientan almas de lo más dispar. Enrique trabaja diligente y eficazmente, pero además, como no es sordo, oye y como no es ciego, ve. Y no solo oye y ve, sino que, además, saca sus conclusiones de todo ello. Por lo que Enrique, además de buen camarero, es un hombre sabio. 

Fíjense en el señor de aquella mesa, grueso pero macizo, de pelo ralo y barba cana, el que lee el periódico de la casa que todas las mañanas le pide. A este caballero, de maneras cortantes que habla poco pero sentando cátedra, no le vale cualquier tostada, tiene que ser de mollete de Antequera, y en su punto. Y si algún día no los ha traído el panadero se malhumora y medio jura para sí. ¿Es tan tiquismiquis para todo? ¿Se descontrola por cualquier contratiempo? ¿Es una persona rígida? ¿Comprensiva? Enrique no busca prender etiquetas, sabe que la mayoría de las veces son inexactas o insuficientes, no es brocha gorda lo que le interesa, sino matices, detalles. Seguir leyendo «CAMARERO EN SU ATALAYA»

LA COSA ESTÁ QUE ARDE

 

 

—Ven aquí, ven rápido, mira.
Me llama con urgencia desde la terracilla.
—Qué es —pregunto.

—Ven, ven.
A ver qué le pasa ahora, sabe que no me gusta que me interrumpan cuando estoy con mis cosas, que tengo mi ritmo, pero no tiene miramientos. Dejo de pedalear, me bajo de la bicicleta estática y acudo. Inclinada, mira abajo. Yo me agarro con fuerza a la baranda, estamos en un quinto piso y tengo un vértigo terrible, parece que el suelo me llama.
—Ahí, mira, en el contenedor, el amarillo.
—¿Qué es?—me asomo con cuidado.
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