MIGUEL HERNÁNDEZ EN LA MEMORIA

 

MIGUEL HERNÁNDEZ GILABERT (1910-1942): Dibujos de Antonio Buero Vallejo (1940) y Eusebio Oca (1942)

 

¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?

¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita?

Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.

Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.

 

 

 

El rayo que no cesa. MIGUEL HERNÁNDEZ 

 

Miguel Hernández murió, a los 31 años, en la enfermería de la prisión de Alicante, tras padecer bronquitis, tifus y tuberculosis. Hoy hace, justamente, 75 años de aquel 28 de marzo de 1942; era sobre las 5 y media de la mañana. Fue amortajado por sus propios compañeros y trasladado al patio de la cárcel donde los presos desfilaron ante su cuerpo. La banda de la prisión interpretó la Marcha fúnebre de Chopin. El cadáver fue entregado posteriormente a la familia para su entierro.

 

 

 

 

LA NÍNFULA

 

 

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Vladimir Nabókov (1899-1977)

 

“La miré y la miré, y supe con tanta certeza como que me he de morir, que la quería más que a nada imaginado o visto en la tierra, más que a nada anhelado en este mundo. No era sino el vago humo violeta, el eco muerto de la nínfula sobre la cual me había arrojado con tales gritos en el pasado; un eco a la orilla de un barranco rojo, con un bosque lejano bajo un cielo blanco, y hojas pardas ahogándose en el arroyo, y un último grillo sobre la crespa maleza…, pero gracias a Dios, no era sólo ese eco lo que yo había venerado. Lo que yo solía acariciar entre las zarzas enmarañadas de mi corazón, mon grand péché radieux, se había agostado: vicio estéril y egoísta, yo lo anulaba, lo maldecía. Pueden ustedes burlarse de mí y amenazar con despejar la sala, pero hasta que esté amordazado y medio estrangulado seguiré gritando mi pobre verdad. Insisto en que el mundo sepa cuánto quería a mi Lolita, a esa Lolita, pálida y manchada, con otra niña en su vientre, pero siempre con sus ojos grises, siempre con sus pestañas negras, siempre castaña y almendra, siempre mi Carmencita, siempre mía. Changeons de vie, ma Carmen, allons vivre quelque part ou nous ne serons jamais séparés. ¿Ohio? ¿El agreste Massachusetts? Poco importa que sus ojos se marchitaran en los de un pez miope, que sus pezones se hincharan y rajaran, que su triángulo delicado, encantador, aterciopelado, joven, se ensuciara y desgarrara… aun así enloquecería de ternura con sólo ver tu querido rostro pálido con sólo oír tu voz juvenil y ronca, mi Lolita.”

 

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Lolita. VLADIMIR NABÓKOV

(Traducción: Enrique Tejedor)

 

ELEGÍA PRIMERA

 

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Miguel Hernández Gilabert (1910-1942)

 

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Federico García Lorca (1898-1936)

 

 

No hay ningún verso en este poema
que no sea verdadero,
ni uno que no sea bello,
rotundo, descarnado,
sencillo y poderoso.

Como dentelladas,
como estallidos,

se abalanzan
contra la carne
y el espíritu.

Se recorre, despacio, cualquier estrofa,
y desoladoramente cegado,
se reconoce y nombra:

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Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas,
y en traje de cañón, las parameras
donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,
y llueve sal, y esparce calaveras.

Verdura de las eras,
¿qué tiempo prevalece la alegría?
El sol pudre la sangre, la cubre de asechanzas
y hace brotar la sombra más sombría.

El dolor y su manto
vienen una vez más a nuestro encuentro.
Y una vez más al callejón del llanto
lluviosamente entro.

Siempre me veo dentro
de esta sombra de acíbar revocada,
amasado con ojos y bordones,
que un candil de agonía tiene puesto a la entrada
y un rabioso collar de corazones.

Llorar dentro de un pozo,
en la misma raíz desconsolada
del agua, del sollozo,
del corazón quisiera:
donde nadie me viera la voz ni la mirada,
ni restos de mis lágrimas me viera. Seguir leyendo “ELEGÍA PRIMERA”

ROMANCE DEL ENAMORADO Y LA MUERTE

 

 

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Yo me estaba reposando
anoche como solía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos se dormían.
Vi entrar señora tan blanca
muy más que la nieve fría.
¿Por dónde has entrado, amor?
¿Por dónde has entrado, vida?
Cerradas están las puertas,
ventanas y celosías.
No soy el amor, amante:
la Muerte, que Dios te envía.
¡Oh Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
Seguir leyendo “ROMANCE DEL ENAMORADO Y LA MUERTE”

EL NIÑO YUNTERO

 

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Miguel Hernández Gilabert (1910-1942)

 

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Joan Manuel Serrat Teresa (1943)

 

 

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

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MIGUEL HERNÁNDEZ. El niño yuntero

CARTA PARA JULIETA

 

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Álvaro Cunqueiro Mora (1911-1981)

 

«GONFALONIERO:  Señora, un correo de Siena os trae una carta. La dirección viene en esta cinta que trae en la manga del gabán rojo: “Para la muy dolorida infanta de Verona doña Julieta”.

CORREO (Arrodillándose): Señora: quien firmó en esa carta con el pico de un pajarillo que este invierno se le murió en las manos, me dijo: sin dirección alguna también la encontrarías, porque, ¿quién no encontraría la luna en el cielo?

JULIETA. ¿Romeo, acaso?

CORREO. Sí, señora, Romeo.

JULIETA:  Con mis manos recojo días en mi propio corazón, y los voy sembrando en la tierra. ¿Qué os quiere Amor?, les pregunto uno a uno, cada cual perfumado de su lágrima. Aunque de vosotros brotaran lirios, murmuro al oído de mis días antes de encerrarlos en la soledad de mi cuerpo, ¿podría el tiempo ser otra cosa? ¿Me envía sonrisas por el aire?, les preguntaba yo a los molinos de viento y a las veletas de la juventud. ¿Me manda sonrisas por el agua?, les demando a las barcas que se mecen en la ribera. ¿O es que también los reitres gobiernan los palacios de los vientos y las ondas de los ríos? (Va desenrollando la carta) ¿Y qué ha de decir aquí Romeo, sino palabras que puedan ponerse en las mejillas y pasar por lágrimas de amor? ¡Cuánto tiempo hace, Amor, que dejaste de ser alegre mayo! Seguir leyendo “CARTA PARA JULIETA”