“VIENTOS DEL PUEBLO”, HIMNO DE ESPAÑA

 

 

Miguel Hernández Gilabert (1910-1942)

 

(Hoy, 30 de octubre, hace 107 años que nació Miguel Hernández. “Vientos del pueblo” es un retrato de España: única y diversa.)

 

 

VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba. Seguir leyendo ““VIENTOS DEL PUEBLO”, HIMNO DE ESPAÑA”

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ROMANCE DEL CONDE OLINOS

 

 

 

Romance del Conde Olinos

Madrugaba el conde Olinos
mañanita de San Juan,
va a dar agua a su caballo
a las orillas del mar.
Mientras su caballo bebe
él canta dulce cantar;
todas las aves del cielo
se paraban a escuchar;
caminante que camina
olvida su caminar,
navegante que navega
la nave vuelve hacia allá.
La reina estaba labrando,
la hija durmiendo está:
– Levantaos, Albaniña,
de vuestro dulce folgar,
sentiréis cantar hermoso
la sirenita del mar.
– No es la sirenita, madre,
la de tan bello cantar,
sino es el Conde Olinos
que por mí quiere finar.
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MIGUEL HERNÁNDEZ EN LA MEMORIA

 

MIGUEL HERNÁNDEZ GILABERT (1910-1942): Dibujos de Antonio Buero Vallejo (1940) y Eusebio Oca (1942)

 

¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?

¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita?

Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.

Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.

 

 

 

El rayo que no cesa. MIGUEL HERNÁNDEZ 

 

Miguel Hernández murió, a los 31 años, en la enfermería de la prisión de Alicante, tras padecer bronquitis, tifus y tuberculosis. Hoy hace, justamente, 75 años de aquel 28 de marzo de 1942; era sobre las 5 y media de la mañana. Fue amortajado por sus propios compañeros y trasladado al patio de la cárcel donde los presos desfilaron ante su cuerpo. La banda de la prisión interpretó la Marcha fúnebre de Chopin. El cadáver fue entregado posteriormente a la familia para su entierro.

 

 

 

 

LA NÍNFULA

 

 

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Vladimir Nabókov (1899-1977)

 

“La miré y la miré, y supe con tanta certeza como que me he de morir, que la quería más que a nada imaginado o visto en la tierra, más que a nada anhelado en este mundo. No era sino el vago humo violeta, el eco muerto de la nínfula sobre la cual me había arrojado con tales gritos en el pasado; un eco a la orilla de un barranco rojo, con un bosque lejano bajo un cielo blanco, y hojas pardas ahogándose en el arroyo, y un último grillo sobre la crespa maleza…, pero gracias a Dios, no era sólo ese eco lo que yo había venerado. Lo que yo solía acariciar entre las zarzas enmarañadas de mi corazón, mon grand péché radieux, se había agostado: vicio estéril y egoísta, yo lo anulaba, lo maldecía. Pueden ustedes burlarse de mí y amenazar con despejar la sala, pero hasta que esté amordazado y medio estrangulado seguiré gritando mi pobre verdad. Insisto en que el mundo sepa cuánto quería a mi Lolita, a esa Lolita, pálida y manchada, con otra niña en su vientre, pero siempre con sus ojos grises, siempre con sus pestañas negras, siempre castaña y almendra, siempre mi Carmencita, siempre mía. Changeons de vie, ma Carmen, allons vivre quelque part ou nous ne serons jamais séparés. ¿Ohio? ¿El agreste Massachusetts? Poco importa que sus ojos se marchitaran en los de un pez miope, que sus pezones se hincharan y rajaran, que su triángulo delicado, encantador, aterciopelado, joven, se ensuciara y desgarrara… aun así enloquecería de ternura con sólo ver tu querido rostro pálido con sólo oír tu voz juvenil y ronca, mi Lolita.”

 

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Lolita. VLADIMIR NABÓKOV

(Traducción: Enrique Tejedor)

 

ELEGÍA PRIMERA

 

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Miguel Hernández Gilabert (1910-1942)

 

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Federico García Lorca (1898-1936)

 

 

No hay ningún verso en este poema
que no sea verdadero,
ni uno que no sea bello,
rotundo, descarnado,
sencillo y poderoso.

Como dentelladas,
como estallidos,

se abalanzan
contra la carne
y el espíritu.

Se recorre, despacio, cualquier estrofa,
y desoladoramente cegado,
se reconoce y nombra:

(hdr)

 

Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas,
y en traje de cañón, las parameras
donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,
y llueve sal, y esparce calaveras.

Verdura de las eras,
¿qué tiempo prevalece la alegría?
El sol pudre la sangre, la cubre de asechanzas
y hace brotar la sombra más sombría.

El dolor y su manto
vienen una vez más a nuestro encuentro.
Y una vez más al callejón del llanto
lluviosamente entro.

Siempre me veo dentro
de esta sombra de acíbar revocada,
amasado con ojos y bordones,
que un candil de agonía tiene puesto a la entrada
y un rabioso collar de corazones.

Llorar dentro de un pozo,
en la misma raíz desconsolada
del agua, del sollozo,
del corazón quisiera:
donde nadie me viera la voz ni la mirada,
ni restos de mis lágrimas me viera. Seguir leyendo “ELEGÍA PRIMERA”

ROMANCE DEL ENAMORADO Y LA MUERTE

 

 

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Yo me estaba reposando
anoche como solía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos se dormían.
Vi entrar señora tan blanca
muy más que la nieve fría.
¿Por dónde has entrado, amor?
¿Por dónde has entrado, vida?
Cerradas están las puertas,
ventanas y celosías.
No soy el amor, amante:
la Muerte, que Dios te envía.
¡Oh Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
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