DESEO POCO, Y LO POCO QUE DESEO LO DESEO POCO

 

Deseo poco

 

Esta “fórmula de la felicidad” para algunos, se la atribuyen a San Francisco de Asís, aunque otros se la adscriben a San Agustín o a San Ignacio.  

Los deseos humanos (es decir, apetencias, pulsiones, impulsos, inclinaciones, intereses, motivaciones…) son variopintos tanto en naturaleza como en intensidad. A lo que parece, son consustanciales con la naturaleza humana, y su control y encauzamiento (“no ser esclavo de los deseos”) siempre han sido recomendados. Las virtudes de la sobriedad, contención y fuerza de voluntad son muy loadas por todas las religiones, que nos previenen maternalmente de lo que el mercado del mundo nos ofrece.

El budismo es, en este sentido, el paradigma. De sus cuatro nobles verdades, la primera es que el sufrimiento es inherente a la vida, y la segunda que la causa del sufrimiento está en los deseos, independientemente de su naturaleza más o menos buena. El problema no está tanto en los objetos de deseo (que en sí mismo son neutros) como en el anhelo de su satisfacción, en que si no los satisfacemos nos encontramos mal. Como se sabe, la solución para los budistas está en la renuncia a los deseos y placeres, la aniquilación del yo, el nirvana.

No obstante, nos podríamos preguntar cómo se llega a ese tan ¿deseable? estado de desear poco. Porque los deseos no se eligen, ni se controlan fácilmente con solo quererlo. La respuesta está, obviamente, en que naturaleza humana es diversa. La experiencia nos dice que hay personas, que por sus características o tendencias no tienen ciertos deseos (o los tienen en menor grado). Contrariamente, las hay que los tienen variados e intensos.

Por poner un ejemplo simple: A, que es un adicto al tabaco, dice a B: No sé como puedes fumarte solo dos cigarros al día, qué fuerza de voluntad tienes (A proyecta su adicción y “debilidad” en B). B no le responde, pero podría decirle la verdad: No es que tenga fuerza de voluntad, es que, realmente, a mi me gusta poco fumar, puedo pasar sin ningún esfuerzo del tabaco.

Es decir, hay personas a las que les resulta más fácil ser virtuosas, no necesitan poner en marcha su fuerza de voluntad o hacer grandes esfuerzos de contención. Además, ateniéndonos a los presupuestos budistas, no lo pasan tan mal, ya que quien desea poco, sufre poco.

Las segundas, las “presas” de los deseos, es posible que estén en una lucha continua por controlar lo que el cuerpo o el espíritu les pide. Estos son los individuos verdaderamente admirables, los que teniendo deseos vehementes son capaces de controlarlos, los que  necesitan ejercitar las virtudes antedichas. Como dicen que dijo AristótelesConsidero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo.

Por otra parte, ¿tener pocos deseos es envidiable?, ¿hasta que punto la eliminación excesiva del deseo es deseable?, ¿es más feliz quien desea poco? 

Las respuestas no son sencillas y requiere matizar mucho, pero parece más aconsejable tener una razonable cantidad de deseos “normales”, que ser una persona apática, desmotivada. Tener pocos deseos es tener pocos motivos para disfrutar de la vida.

Resumiendo, como decía el filósofo: Nada en exceso. Deseos tengas y los satisfagas; vivamos. Pecar moderadamente no es malo; salud para pecar.

Pero desear demasiadas cosas o demasiado intensamente no es muy recomendable para el reposo espiritual; el eterno insatisfecho lo pasa mal. Mejor controlar las aspiraciones; ya se sabe: La felicidad no es tener mucho, sino conformarse con lo que se tiene

 

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. Vita brevis: https://hechoderetazos.wordpress.com/2016/02/10/vita-brevis/

. Entre Apolo y Dionisos: en busca del equilibrio:
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