ELEGÍA PRIMERA

 

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Miguel Hernández Gilabert (1910-1942)

 

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Federico García Lorca (1898-1936)

 

 

No hay ningún verso en este poema
que no sea verdadero,
ni uno que no sea bello,
rotundo, descarnado,
sencillo y poderoso.

Como dentelladas,
como estallidos,

se abalanzan
contra la carne
y el espíritu.

Se recorre, despacio, cualquier estrofa,
y desoladoramente cegado,
se reconoce y nombra:

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Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas,
y en traje de cañón, las parameras
donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,
y llueve sal, y esparce calaveras.

Verdura de las eras,
¿qué tiempo prevalece la alegría?
El sol pudre la sangre, la cubre de asechanzas
y hace brotar la sombra más sombría.

El dolor y su manto
vienen una vez más a nuestro encuentro.
Y una vez más al callejón del llanto
lluviosamente entro.

Siempre me veo dentro
de esta sombra de acíbar revocada,
amasado con ojos y bordones,
que un candil de agonía tiene puesto a la entrada
y un rabioso collar de corazones.

Llorar dentro de un pozo,
en la misma raíz desconsolada
del agua, del sollozo,
del corazón quisiera:
donde nadie me viera la voz ni la mirada,
ni restos de mis lágrimas me viera. Seguir leyendo “ELEGÍA PRIMERA”

ANATEMAS

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Decreto de excomunión contra Baruch Spinoza

“Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone.”
(Decreto de excomunión contra Baruch Spinoza)

 

Las tres principales religiones monoteístas lo son de libro y de teólogos. Ya Tomás de Aquino parece ser que dijo eso de “Temo al hombre de un solo libro”. Aunque las interpretaciones de la frase difieren, hay quien piensa que se refería a las personas que guían su existencia entera por lo escrito en un libro, por ejemplo la Biblia o el Corán, sin atender a mucho más (de paso, tampoco conviene olvidarse que, como teólogo, el propio Santo Tomás dedicó gran parte de su vida al estudio de la Biblia; de todas maneras, fuera suya o no, la frase merece reflexión).

Nada que objetar a los que así piensan; pues tambien hay quienes piensan que la libertad de conciencia debe ser respetada. No obstante, los hay no se conforman con eso, sino que pretenden reconducir las vidas de los descarriados que no ajustan sus creencias o su conducta a lo allí escrito. Y no solo a lo escrito en esos libros, sino a las interpretaciones de las escrituras hechas por los teólogos o la jerarquía, que son los que tienen la patente de la interpretación, concedida en exclusiva por Dios. Da lo mismo que los descarriados quieran o no reformarse, eso no importa, pues los justos han decidido que nadie puede dejar de cumplir los preceptos o se debe desviar o contradecir la verdades incontrovertibles de las que son depositarios por voluntad divina. La discrepancia, pues, no se admite mucho: o te dejas salvar o atente a las consecuencias.

Esta actitud está bien representada en el comienzo de la censura/expulsión, emitida por la comunidad judía de Ámsterdan, contra el filósofo sefardí Baruch Spinoza (1632-1677):

“Los dirigentes de la comunidad ponen en su conocimiento que desde hace mucho tenían noticia de las equivocadas opiniones y errónea conducta de Baruch de Spinoza y por diversos medios y advertencias han tratado de apartarlo del mal camino. Como no obtuvieran ningún resultado y como, por el contrario, las horribles herejías que practicaba y enseñaba, lo mismo que su inaudita conducta fueran en aumento, resolvieron de acuerdo con el rabino, en presencia de testigos fehacientes y del nombrado Spinoza, que éste fuera excomulgado y expulsado del pueblo de Israel, según el siguiente decreto de excomunión:” Seguir leyendo “ANATEMAS”

LOS DIFERENTES

Si supiera algo que me fuese útil, pero que fuese perjudicial a mi familia, lo desterraría de mi espíritu; si supiera algo útil para mi familia pero que no lo fuese para mi patria, intentaría olvidarlo; si supiese algo útil para mi patria pero que fuese perjudicial para Europa, o bien fuese útil para Europa y perjudicial para el género humano, lo consideraría un crimen y jamás lo revelaría, pues soy humano por naturaleza, y  francés sólo por casualidad.

EL ESPÍRITU DE LAS LEYES.
Charles Louis de Secondat, Barón de Montesquieu (1689-1755)

 

Tienen conciencia y convicción de ser distintos, diferentes. Y les preocupa subrayar esa diferencia, casi siempre positiva, y casi siempre en contraposición a otros (No es de los nuestros…, Nosotros no somos así…).  Como si haber nacido en un sitio u otro hiciera a los hombres esencialmente diferentes. 

Identidad es para algunos de ellos un concepto sagrado, una parte constitutiva de su ser más íntimo. Son de su grupo abstracto y de su lugar antes que hombres, como si formaran parte del paisaje o estuvieran enraizados en esa tierra sacra. Hasta tal punto se olvidan que son hombres iguales a otros hombres, que cualquier valor humano debe postergarse ante la venerada identidad, cualquier medio, incluso la violencia más extrema, es permisible.  Seguir leyendo “LOS DIFERENTES”

ROMANCE DEL ENAMORADO Y LA MUERTE

 

 

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Yo me estaba reposando
anoche como solía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos se dormían.
Vi entrar señora tan blanca
muy más que la nieve fría.
¿Por dónde has entrado, amor?
¿Por dónde has entrado, vida?
Cerradas están las puertas,
ventanas y celosías.
No soy el amor, amante:
la Muerte, que Dios te envía.
¡Oh Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
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ÉRASE “ALGO”…

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Esta niña tiene “algo”

Érase algo en la esencia del hombre,
sin lo que no avanza la humanidad,
que no puede ser aprisionado.

Érase algo que nadie puede dar ni quitar,
que temen los poderosos,
los clérigos, los conservadores.

Érase algo irreverente,
para lo que nada es sagrado,
y todo está en entredicho.

Érase algo transgresor,
sin respeto a leyes, ideologías y religiones, 
antiesencia del fanatismo.

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SUEÑO (1)

 

 

niebla

 

Casi no veo las casas. Una niebla pertinaz las difumina. No son muy altas, y blancas. La calle aparece como un desfi­la­dero tenuemente luminoso. Resalta, allí, al fondo, una nitidez. La voy acer­cando, ni despacio ni depri­sa, por el centro de la calle adoqui­nada.

Veo una cater­va de críos, apiñados en torno a un niño y a un perro grande. Todos tienen los pantalones cortos. Hasta las rodi­llas, en su mayoría renegridas y cubiertas de postillas. Alguno se limpia, con el dorso de la mano, las velas que le cuelgan.

También hay un hombre y una mujer. El hombre mira con enfado al niño. Digo que lo mira, aunque no tiene rostro, lo mismo que la mujer. Sin embargo, yo siento que lo mira. El crío debe tener unos cuatro años, el pelo muy cano y los ojos claros. Parece estar muy satisfecho de la expectación que crea.

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