ESTABA DELANTE DE LA PUERTA

 

 

Hacía ya algún tiempo que estaba delante de la puerta. Esa puerta extraña y familiar; tan observada, tan conocida, pero que nunca había traspasado. Era alta, de dos hojas, tachuelada, con una franja protectora de chapa dorada en su cuarto inferior, y abajo del todo, el vierteaguas.

Alguna vez, para su alegría y premio a su acecho, ella había salido o entrado por esa puerta. Nunca se le había ocurrido seguirla, le parecía una intrusión. Pero, de reojo, su mirada la acompañaba mientras iba o venía: su figura delgada, su pelo recogido, largo, casi hasta la cintura. Su andar algo desgarbado, con ese bamboleo gracioso de su brazo derecho. 

Por la tarde, tras ayudar a su padre en el huerto, le gustaba recrearse en esas imágenes, sentado tranquilamente en el umbral de su casa. Su casa, tan distinta, con la fachada blanqueada y sin zócalo, sin zaguán, con el piso de tierra prensada y el pequeño huerto al fondo, en el corral. Con su puerta de la calle pequeña, baja, de madera reseca y casi carcomida. Allá en las afueras, en donde el pueblo ya es campo. 

Y ahora estaba delante de la puerta de ella, con un cesto de mimbre colgando de su brazo izquierdo.

Por fin, cogió el llamador, una mano dorada, mano chica, de mujer, con una manzana entre los dedos. Tras unos segundos de vacilación golpeó débilmente, casi con miedo. 

La puerta pronto se abriría y podría ver el zaguán con sus baldosas rojizas, el alicatado alto, de hermosos azulejos; la cancela de hierro, pintada de color purpurina, con los números 1917 en la base del semicírculo.

Pensaba mientras: Ahora vendrá la sirvienta y me dirá qué quieres. entra y espera. Saldrá su madre y yo le daré la cesta. Mi padre le manda esto, recién cogido del huerto. Y después saldrá ella. Tiene que salir ella. Sus ojos claros.

Pero pasaron los minutos y no ocurrió nada, no escuchó a nadie de dentro acercarse a abrir. Ahora cayó en que era raro que la puerta estuviera cerrada, porque siempre, como suele ser costumbre en el pueblo, tenía una hoja algo entreabierta.

Creo que he llamado muy flojo. Tomó de nuevo la aldaba y golpeó, esta vez con más decisión.

Lo mismo la sirvienta estaba ocupada y entonces sería ella la que le abriría. Esta posibilidad le puso nervioso. ¿Qué haría entonces? ¿Qué diría ante sus ojos? ¿Ella le sonreiría? ¿Le hablaría? 

Nada pasó, nadie abrió. Se separó de la puerta para mirar las ventanas laterales y los balcones, por si podía ver alguna luz, algún movimiento de las contraventanas, de los visillos. 

No podía irse sin verla. Lo mismo no querían abrirle por su aspecto: cuidó mucho de ir limpio, pero sus anchos pantalones marrones, de pana, estaban gastados, su chaqueta gris rozada por las mangas; la camisa, ajada.

Tienen que abrirme. Estoy aquí para verla

Acezante, agarró la mano y golpeó con fuerza, una y otra vez. Los golpes retumbaron dentro del zaguán. Después solo silencio.

Debajo del paraguas, una mujer que pasaba se lo dijo:

– Qué haces, niño. No llames más. Se han ido. Se han mudado. A la capital. Ya no viven aquí. 

Y yéndose:

– Si vuelven, será en las vacaciones de la niña.

Bajó los ojos y vio como las gotas de lluvia, se deslizaban sobre la chapa dorada de la puerta, se juntaban y unidas se abatían hasta el vierteaguas.

Si vuelven, será en las vacaciones de la niña.

 

El Diablo cojuelo

 

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