LA ESCUELA

 

 

De la pizarra, de hule negro pegado sobre madera y rasgado por algunas partes, los alumnos copian largas multiplicaciones y divisiones, raíces cuadradas y cúbicas, quebrados, problemas de reglas de tres simple y compuesta, de aligación, de inte­rés… Y los copian con sus pizarri­nes blandos o duros sobre las dos caras de otras pizarras de pizarra, más peque­ñas, que someten entre la mano y el antebrazo. Cuando alguien se equivoca, borra con el dedo humedecido de saliva. Y cuando hay que eliminar toda una cara, se lanza o deposita un salivazo y se borra con el trapillo que hay atado con una cuerda al marco de la pizarrilla, o con el canto de la mano cerrada.

Los pupitres son de asientos abatibles, para dos, con la madera renegrida de tinta y roce. De vez en vez, los niños los limpian, al igual que los marcos de sus pizarras, levantando pequeñas virutillas al pasar sobre su superficie el filo de un pequeño trozo de cristal.

Dictado. El tintero, un pocillo de porcelana blanca, con rebordes, está empotrado en un agujero situado en el centro de la mesetilla superior del pupitre. Los niños afirman la pluma en el palillo y la mojan, más o menos cuidado­samente, en la tinta azul hecha con agua y polvos. Todo lo invade el azul: el secante rosa, los dedos pulgar y corazón, las manchas en la libreta y en el pupi­tre, el mechón de pelo donde limpian la pluma al terminar.

Es la escuela de D. Valentín, el maestro rojo.

 

El Diablo Cojuelo

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