ENCUENTRO NOCTURNO

 

 

La noche apaga colores y formas y solo alberga sombras, sueños y rumores. Arriba, el manto negro está agujereado de inacabables candelas.

Mis pies desnudos han tomado el sendero de tierra plateada y su culebreo me lleva a lo más alto del alcor. Alzo la mirada y compruebo que está plena la antorcha redonda que blanquea los árboles.

Por el camino me ha visto, hierática en la rama de un olivo, la lechuza que también he convocado, pensando en Atenea, la ojizarca.

Un aviso de cascos asciende por el sendero y me llega, clara y sonora, la voz del hidalgo generoso:
– Paréceme, Sancho hermano, que está la noche propicia para encantamientos. Me llegan, de allí arriba, signos de guerreros, diosas y brujas.
– No os contradiré yo por esta vez, amo. Siento que prodigios nos esperan tras ese recodo y miedo me da este silencio lleno de presencias.
– No seas pusilánime, Sancho, que conmigo vas. Mi recto proceder es nuestro escudo y la verdad nuestra espada.
– Señor, nos rodean. Aquí atrás viene alguien.

Ven subir a una figura alta, tocada de gorro puntiagudo, cano el cabello abundante y barba también blanquilarga. Se apoya en un cayado largo y sólido. Merlín gasta paso largo y veloz.

El ruido, desde la oscuridad, de un entrechocar de grebas se adelanta a la llegada de Aquiles, el de los pies ligeros. Aparece con una pesada y broncínea lanza en la mano izquierda, una aristada y violenta piedra en la otra. Tocado con dórico casco abollado y sin penacho, solo se ve de su rostro la greñuda barba, y el brillo de los ojos. Y en los ojos, la muerte de Héctor, domador de caballos. Me mira inmutable y, al fin, se acuclilla vigilante.

No acaba de hacerlo, cuando una suave brisa repentina y un alegre bullicio de alas descienden. Se perfilan, sobre el círculo blanco que gravita, unas alas de murciélago y un apéndice largo y movedizo. Melusina baja y se deposita, diminuta, encima de un tocón. Me mira, traviesa, irónica, sonriente, pero tampoco dice nada.

Aquel que está sentado sobre una gran piedra, pálido, con los ojos hundidos y la mirada extraviada, es Hamlet. No sé como ha llegado, lo mismo que no he advertido a otros muchos convocados que ya pueblan el collado. No están, aunque me hubiese gustado, las golondrinas que circundan repetidamente la torre de ladrillo de Granja y, de ésta, tampoco el dorado de sus trigales, que, al vagar, el inquieto viento alborota, como al desgaire.

La colina tiembla. Como surgiendo de la tierra, súbita, bramante, poderosa, la indómita aparece en un calvero ceñido por olivos. Es la nacida de la cabeza de Zeus, la virgen, la golondrina que habló a Ulises, la Tritogenía, la que dictó al aedo ciego los hexámetros más sublimes: Glaukopis. No oso mirarla a las claras y solo de reojo, atemorizado, entreveo su altura imponente y sus atributos: el casco, la lanza, la égida, el escudo. La lechuza ha volado hasta su hombro. La noche, temblorosa, sobrecogida, ha quedado llena de ella.

Miro, otra vez de soslayo, a la ojizarca y, con precaución, a trompicones, dirigiéndome a todos, me explico con brevedad:
– Busco mi ser, el porqué, el origen y la meta. Busco la verdad y la sabiduría. Vosotros, por vuestra condición, vuestro poder o vuestra experiencia, sois la fuente. Os he convocado para escucharlas de vuestros labios. Para encontrar bálsamo a mi ánimo descarnado, indicación para mi desorientado espíritu. Vosotros sois aire, agua, sustento. Espero vuestras palabras de luz.

Las alzó primero Atena Pártenos, majestuosa e imponente. Sus ojos glaucos me alcanzaron. Me miró tal un humano mira a una hormiga y se dignó:
– Fatuo y temerario eres, mortal. No te saldría de balde tu osadía si no me enterneciera tu debilidad por mí. Solo por eso he acudido a tu súplica y porque me complace tu candidez y tu humana curiosidad. Por eso descorreré algo el velo de la verdad. Una sola cosa te diré: desconfía de los dioses, que tanto daño hacemos. Somos obra de los humanos y, por tanto, reflejo de su imperfección. Así pues, nada más te puedo decir que no esté dentro de ti.

Dicho esto, nada quedó en el espacio que ocupaba.

Don Quijote olvidó su rodela en la hierba y adelantó su feble esqueleto hasta el calvero del bosquezuelo. Me miraron sus ojos limpios y se alzó su voz grave y meditada:
– No te digo palabras, pues son solo aire si no las ilustran los actos. Vida me dieron, cosas hice, tú conoces mi historia. Creo haber dicho alguna vez que no es un hombre más que otro si no hace más que otro. Caballero soy y de los cuitados y necesitados me compadezco, por ellos ofrezco mi vida. También como enamorado he conocido la decepción, y me ha quedado sabiduría sedimentada por la experiencia dolorosa, la más segura forma de aprendizaje. Y ya basta. Nada más te digo; sabes mi vida, coge de ella lo que te sirva.

Sancho, que no se había bajado del rucio, y andaba temeroso mirando a su derredor, lanzó su voz hasta mi:
– Hombre soy sencillo y de campo. Poco te puedo decir que te valga. Pero más sabe el diablo por viejo que por diablo y últimamente he aprendido bastante de mi señor; es sabido que júntate con los buenos y serás uno de ellos y quien a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija. Te diré que no te encierres solo en los libros y sal al mundo: a Dios rogando y con el mazo dando y además quien lee mucho y viaja mucho ve mucho y sabe mucho; todo es necesario. Cuida que la avaricia no te tome, más vale el buen nombre que las muchas riquezas y la ambición rompe el saco. Y no expongas demasiado el cuerpo y el espíritu, si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro. Muchas cosas te diría, pero tengo presente que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena. Y aquí me paro, que airado me mira mi señor y porque la prolijidad suele engendrar el fastidio. ¡Ah! -añadió volviendo a mirar en torno suyo-, y de noche todos los gatos son pardos.

Merlín se irguió, paralelo a su cayado. Anduvo unos pasos hasta quedar frente a mi. Todo su rostro era barba y cejas, además de las dos luces oscuras de sus ojos.
– He atravesado tiempos y tierras, he recorrido caminos que iban y venían, he conocido a hombres, gnomos, hadas, dragones… Fatigado quedé de ese trasiego inacabable. Aunque siempre el hombre es igual y nada cambia en su esencia, esta época tuya es la más desoladora. Engreído es este hombre de ahora, prepotente, egoísta, huero y simple. Cree que todo lo sabe, que su ciencia todo lo puede y que nada hay además de ella; víctima es de las máquinas que construye. Alejado de la naturaleza, se ha propuesto sacrificarla al ara de su bienestar. Ciego es, pues no sabe quién es ni de donde viene, construyendo está su exterminio. Ya que dices buscar la verdad, no sigas a un ciego.

Alzó su cayado y un gran rayo lejano iluminó el cielo despejado. Trocóse el cayado en ala, en pico el extremo de su sombrero y, por fin, todo él en águila poderosa que desapareció en un parpadeo.

Melusina, alza su vuelo y, liviana, se posa en mi hombro. Con voz melodiosa me susurra al oído:
– Sí, todo cierto, pero nunca te olvides del amor.
Nada más me dijo y, cuando la busqué entornando los ojos, ya no estaba.

Hamlet se me acerca lentamente. Sus labios, sin color, apenas se mueven:
– Comprendo tu desasosiego, tu angustia nos hace hermanos. Pero mal puedo aportarte nada que haga más liviano tu dolor de ser, cuando ni yo mismo puedo conjurar mi tormento. Si pudiera arrancar la lucidez de mi cabeza, si pudiera no pensar, si no hubiera muerto la esperanza… No mires, no pienses, no esperes, solo así podrás mitigar tu tribulación.

Aquiles se yergue, altivo, y me habla con voz pujante:
– Soy hijo de diosa, y guerrero. Quité vidas; la desesperación por la muerte de Patroclo me llevó a la venganza ciega. Pero de la guerra destructora abomino. No es Ares el violento, funesto a los mortales, mi dios, sino Atenea Promacos, diosa de la guerra justa, si justa es alguna. En esta época vuestra, hombres hay que comercian con armas devastadoras. El enemigo es un ser lejano, sin cara, sin nombre. Siendo hombres, menos hombre sois…

Se interrumpe y mira a lo lejos. En el horizonte se alza el claror. Árboles, tierra, cielo, todo, van recuperando sus formas y colores. Al mismo tiempo, los convocados y yo nos vamos, poco a poco, difuminando, hasta ya no permanecer nada: ni sueños, ni rumor, ni sombra.

El Diablo Cojuelo

 

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