LAS LENTES DE LA MAGA

 

Olvidó Sinbad contar al señor Cunqueiro, maestro en el decir antiguo, lo que vino a acontecerle estando de navegación rumbo a Catay. A más de mercancías diversas, llevaba el piloto a dos damas, madre e hija, que el rey marinero de Portugal le había encomendado para depositarlas sanas y salvas en el puerto de Guangzhou.  No sabía el nauta el motivo del viaje de las damas y tampoco le asaltó suficiente curiosidad para preguntarlo ni averiguarlo. 

Se detuvo Sinbad, por inclinación, en remirar a la más joven y aprobó que tuviera cuerpo alto y proporcionado, aunque la notó un tanto envarada en su porte. Los ojos eran grandes, glaucos y hermosos, pero inertes, y no decían nada por más que el almirante los buscara e interrogara. 

Mirándola, quería Sinbad figurarse aquel párrafo que le regaló el señor Neruda:

espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,

que después pondría el poeta en el papel, acompañado de más renglones. Fueron estas palabras trueque a cambio de la gorra marinera con la que el señor Pablo  se toca en algunos retratos.

Gastaba la niña labios gruesos y bermejos, pero mezquinos en el sonreír. No era tampoco muy abundante en su plática, pues solo condescendía en respuestas monosilábicas, pero casi nunca hacía la merced de conceder palabra espontánea. Sus vestidos cada día eran distintos, siempre primorosos, al igual que los parasoles de seda, y los abanicos múltiples, alguno con varillas de hueso de avestruz y país de plumas escogidas de aves del Paraíso, y que abría y meneaba con desgana cuando se echaba la brisa. Guardaba en su bolsa de tafetán doble un espejo ovalado, de marco de cuarzo rosa y puño de nácar, en donde de continuo se observaba. 

Como el marino llevaba siempre las lentes coloreadas de los benévolos imaginativos, dio en pensar que aquellos ojos mudos no lo eran sino por recatados y que lo mismo sucedía con el cuerpo al que, a buen seguro, su dueña atemperaba para que no se desmandara su donosura y gracia natural. Y que aquella mirada extraviada en el horizonte lo era por buscar tritones en el agua y dragones en el cielo.

Y para entretenerla y alegrarla, el contador Sinbad despliega para ella, tal como pavo real, su verbo magnífico y coloreado, y se esmera en vestirlo de escogidos adjetivos, atrevidos y deslumbrantes.  

Acodados en babor habla a la mujer de como el mar se agita, tal una lámina de azogue burbujeante, la lleva a la proa para enseñarle la blanca herida súbita que  la quilla abre en la mar, por la que ésta sangra húmedas perlas transparentes. Y luego, de la mano, la conduce rápido a la popa, para asombrarla viendo como la injuria se cierra. Le cuenta sobre la ballena de oro, y de la sirena coja enamorada, sobre San Brandán, la isla que aparece y desaparece; desciende del planeo de las gaviotas a las piruetas alegres de los delfines compañeros. Al pasar por las islas Grises le cuenta la historia del sultán cuya favorita tenía el antojo de plantar limoneros en la mar.

Pero nada estremece ni asombra a la dama, por nada pregunta y nada despierta su curiosidad, que pareciera haber tomado agua de beleño. Solo, alguna vez, una sonrisa desvaída amaga en sus labios. Ni aún le sobresaltan las tempestades como la grave que les tomó pasando el famoso cabo de Buena Esperanza, que, para los que no estén por la geografía, es sitio peligroso para las naves, y está en la curva africana inferior. 

Una tarde, ya desalentado, baja Sinbad al camarote e inquiere en el gran baúl de ébano hasta dar con las lentes del ver crudo, regalo prosaico de una maga empírica y atrabiliaria de las islas Invisibles, que le hizo por borrarle el nombre piadoso de Dolores Gloriosos con el que fue cristianada, y vocearle en todas las singladuras el que ahora luce de Saturnina, más del gusto de ella y ajustado a su ser. Decía la mágica que tenían estas lentes, entre otras bondades, la gracia de ver las cosas tal cual, aligeradas de la ilusión perniciosa que le aplican los espíritus fantaseadores. Y, a más, la virtud, que ni pintada para este caso, de entrar en la mente de la persona con la que se habla y poder ver su contenido. Y pensaba nuestro  hombre que este regalo de Saturnina no fuera acertado, porque las contadas veces que las gastó quedó muy perjudicado y alicaído durante varios días. Pero ella, sin muchos miramientos, y siempre práctica, le espetó que su uso era salutífero para de vez en cuando, y aún más para los temperamentos quimeristas como el del marino. 

Temeroso, se instaló las lentes y subió a cubierta a encontrarse con la joven dama y, mirándola a los ojos, se tropezó con dos témpanos. Mientras le empezaba a tartamudear la fábula del haz de plata, se iba adentrando en la mente de la mujer, buscando pensamientos, cosas, sitios, personas… Y era aquello un erial donde se afanó, sin premio, en buscar un paisaje, un libro, la ceniza de un recuerdo, o un retazo de memoria de las historias que para ella había primorosamente hilado.

Se asombró al ver suspendidos  en el vacío muchos cuadros con la imagen de ella, cada uno con su distinto marco, de los cuales la mayoría muy historiados y alambicados, y todos de maderas de estimar, algunas barnizadas de oro y otras tachonadas aquí y allá de piedras preciosas. Y, con el mismo motivo, camafeos de ónice y medallones de orfebrería esmerada, en metales nobles. También un olor áspero, como de mezquindad, que ennegrecía aquel espacio. 

Y el runrún de su nombre incierto del que Sinbad no quiere indagar en su memoria.

Y después de esto, considerando el asedio fracasado de sus palabras, desvelos, cortesías, regalos, vino a semejar a la dama con una fortaleza inasequible.

Una fortaleza vacía.

De tanto en tanto le acuden al piloto aquellas imágenes y su cavilar se torna entonces melancólico y desasosegado, con el sinsabor irremediable que dejan las grandes frustraciones, con un poso de acíbar, de realidad zafia, de belleza incompleta…  

Y para no más padecer, hizo Sinbad un viaje expreso a la altura de la fosa de las Marianas, sitio donde dicen que es el mar más grueso, y allí, metidas en un cofrecillo de plomo sellado, dejó caer las lentes de Saturnina.

El Diablo Cojuelo

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