RIPIOS TAPEROS

 

 

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RIPIOS TAPEROS
(Loilla a la tapa)

Oh tapa, tapa castiza,
pequeñita y retrechera,
que alivias a quien espera
después comida copiosa.

Ya sean unas breves migas,
o unos bollitos preñados,
tú el apetito mitigas
con sabores variados.

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Del gorrino generoso,
vengan en cortas porciones,
el bien curado jamón,
el lomillo, la morcilla.
las manitas, salchichón.

¡Aquí, sabores de mar!:
la pizca de bacalao,
espetitos, boquerones,
calamares rebozados.

Gambas de rojo cariz,
oricios, los de Gijón,
almejas, las de carril,
pipirrana al mejillón.

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EL NIÑO YUNTERO

 

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Miguel Hernández Gilabert (1910-1942)

 

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Joan Manuel Serrat Teresa (1943)

 

 

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

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MIGUEL HERNÁNDEZ. El niño yuntero

CARTA PARA JULIETA

 

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Álvaro Cunqueiro Mora (1911-1981)

 

«GONFALONIERO:  Señora, un correo de Siena os trae una carta. La dirección viene en esta cinta que trae en la manga del gabán rojo: “Para la muy dolorida infanta de Verona doña Julieta”.

CORREO (Arrodillándose): Señora: quien firmó en esa carta con el pico de un pajarillo que este invierno se le murió en las manos, me dijo: sin dirección alguna también la encontrarías, porque, ¿quién no encontraría la luna en el cielo?

JULIETA. ¿Romeo, acaso?

CORREO. Sí, señora, Romeo.

JULIETA:  Con mis manos recojo días en mi propio corazón, y los voy sembrando en la tierra. ¿Qué os quiere Amor?, les pregunto uno a uno, cada cual perfumado de su lágrima. Aunque de vosotros brotaran lirios, murmuro al oído de mis días antes de encerrarlos en la soledad de mi cuerpo, ¿podría el tiempo ser otra cosa? ¿Me envía sonrisas por el aire?, les preguntaba yo a los molinos de viento y a las veletas de la juventud. ¿Me manda sonrisas por el agua?, les demando a las barcas que se mecen en la ribera. ¿O es que también los reitres gobiernan los palacios de los vientos y las ondas de los ríos? (Va desenrollando la carta) ¿Y qué ha de decir aquí Romeo, sino palabras que puedan ponerse en las mejillas y pasar por lágrimas de amor? ¡Cuánto tiempo hace, Amor, que dejaste de ser alegre mayo! Seguir leyendo “CARTA PARA JULIETA”