LA LLOCA, BRONCE TIERNO

 

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Si acaso vas a Gijón, acércate a ver a la Lloca.

Si eres nuevo, pregunta por la playa de San Lorenzo o el Muro y, cuando llegues, supongamos a la altura de la escalera 4, la Escalerona, acódate en la barandilla blanca y, tras mirar un ratito, de frente, el mar, pasea tus ojos alrededor.

Verás, a tu izquierda, en el extremo de la playa y al pie del cerro de Santa Catalina, la iglesia de San Pedro. Como no has estado nunca, todavía no sabes que, un poquito más cerca, al lado del Palacio Valdés, están los restos de los baños romanos.

De todas maneras, no importa, todo eso no atañe a tu visita. Avanza, pausadamente, hacia tu derecha, hacia el este. Al pasar junto a la escalera 5, tal vez te distraiga un escrito en el suelo que, refiriéndose al Muro de San Lorenzo, cita a Jovellanos: “Lo edificamos para defender la población del mar y de las arenas que se iban tragando aquella parte”. 

Pasada la escalera 15, atravesarás el puente del tímido río Piles y, cinéndote a la playa otro casi medio kilómetro, encontrarás cuatro enhiestos rectángulos agujereados, las Sombras de luz,  las Chaponas por bautizo popular.

Todavía te queda rebasar el mirador del reloj de sol, donde, en otro momento, tú mismo puedes ser la manecilla. 

Casi inmediatamente puedes leer, sobre el murete, un pequeño rótulo que indica que desde las termas hasta ahí habrías recorrido 3000 metros. 

Casi has llegado. Mira un poquitín más allá.

Ahí está. En el centro de una amplia plazuela, de pie, sobre una tarima circular, de perfil, la mano izquierda extendida.  

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Mientras te acercas no dejes de mirarla. Fíjate en su vestido sucinto, su cuerpo frágil encorvado, algo encogido, observa su pelo erizado por el viento, los pies desnudos, grandes…

Ya la tienes de frente. Tienes que elevar los ojos para ver su cuello esbelto, su gesto digno, su mirada perdida. Tal vez pienses que los pozos de sus pupilas oscuras esconden todos los  colores cambiantes del cielo y del mar. 

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Sus manos enormes, de dedos largos, delicados, te hablan. La derecha, casi abatida, abandonada sobre el costado. La izquierda abierta, suspendida, triste, anhelante…

¿Sientes su soledad, su desamparo, su pena…?

Pero lo que yo te diga, ¿qué importa? Solo mírala. Si vuelves a visitarla, cada vez que la contemples encontrarás algo nuevo. Suyo y tuyo.

Es la Lloca, la Mullerona. Bronce tierno.

 

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