RELACIONES ESPECIALES

 

 

relación pareja

 

El ámbito de las relaciones interpersonales es algo fascinante, complejo, lleno de variables y matices, hasta misterioso. A poco que observemos detenidamente las relaciones entre dos personas advertiremos, en algunos casos, hechos y manifestaciones que al expectador externo le parecen curiosos, llamativos, ilógicos, contradictorios…

Esencialmente, las mimbres de una relación dual son las personalidades y el contexto (circunstancias, situaciones…). Esto que, a priori, parece tan básico, en las situaciones concretas se puede complicar de manera considerable. Y es que, de la interacción entre dos personas aparecen, como de la nada, dos elementos nuevos: inicialmente, una reacción emocional de sintonía, rechazo o indiferencia (“me cae bien”, “no lo aguanto”, “ni fú ni fá”, “es agradable”, “bueno…”) y, progresivamente, una especie de código que viene a gobernar la relación. Sabemos, por ejemplo, como debemos conducirnos con una persona y también que lo que vale para una no es conveniente para otra. Lo mismo que encontramos que las relaciones de una misma persona con dos amigos pueden ser completamente diferentes. 

La intuición, la experiencia, el conocimiento de las convenciones y algunas capacidades específicas (lo que ahora se llaman habilidades sociales) nos guían en las relaciones. A pesar de que lo consideremos como algo normal, no deja de ser impresionante la capacidad del ser humano para regular, matizar, adaptar las interacciones, según las personas y circunstancias. 

Dentro de la amplia casuística, llaman la atención tres tipos o formas de relación, que están centradas más bien en el plano afectivo y mayormente en el ámbito de la pareja.

Aquí, y por ahora, solo quedarán someramente descritas, a modo de apunte curioso. Aunque, como se advertirá, tienen mucha tela que cortar; las tres dan para una reflexión profunda y necesariamente matizada.

En la primera, lo que destaca inicialmente es la extrañeza con que la relación es percibida desde fuera. Aunque lo interesante, como un misterio a desentrañar, es la propia relación en sí. Todo el mundo se ha encontrado con una pareja tan “dispareja”, disarmónica o con historial tan tormentoso, que termina preguntándose, como quien se plantea un problema: “¿Cómo puede ser que A y B estén juntos?” ó “¿Cómo A puede estar con B?”, ó “¿Qué ha visto B en A?” Obviamente, hay ocasiones en que las circunstancias fuerzan el mantenimiento de la convivencia, pero hay otras en que la relación se conserva voluntariamente, al margen de condicionantes. ¿Qué mantiene a esa pareja, aparentemente tan distinta, unida? (no, no siempre tiene que ser eso tan etéreo llamado amor). ¿Tiene B virtudes ocultas que solo aprecia A? Solo a la pareja le es posible explicarlo, y, a la postre, a ella solo atañe. 

Otra situación es referente a lo que podemos llamar relaciones de poder (de dominancia, de predominio) en los que una parte de la pareja (o las dos) buscan la hegemonía, ser quien “corte el bacalao”. Claro, no todos los casos son iguales. Y no parece tener aquí mucha imporancia eso del sexo fuerte o débil, aunque sí las personalidades de los protagonistas: hay personas que parecen concebir las relaciones en clave de dominancia. En algunos casos, el reparto ya está hecho desde el principio, y el rol está hasta admitido por la parte sumisa, más o menos explícitamente. En otros puede haber un forcejeo. Hay casos en los que existe una situación defensiva por una parte que ve amenazada su independencia, ante el empuje de la otra, o que, simplemente, le gusta más “llevar la manija” a ser dominada. Es decir, del tipo que tiene claro que “no me voy a dejar llevar”. Las relaciones de poder con un desequilibrio extremo, a menudo patológicas, precisan una consideración aparte.

El tercer caso podríamos llamarlo el de las relaciones implícitas, fantasmas. Y son así, claro, porque no son admitidas explícitamente por los involucrados, o al menos por alguno, ni siquiera ante ellos mismos. La relación se manifiesta fundamentalmente de forma extralingüística, en detalles, miradas, contactos fugaces, gestos, también alguna frase… pero siempre de forma suficientemente ambigua como para no dotarlos de significado unívoco y claro. De tal manera que si una parte atribuyera determinado significado a una conducta de la otra, ésta, tal vez, podría decir: “Pero, ¿qué me estás diciendo?”, “¿De que hablas?” Parte de ellas entran dentro de lo que puede ser el coqueteo, más o menos transitorio. Otras no. ¿Qué función cumplen estas relaciones, si cumplen alguna? ¿Qué las hace mantenerse? ¿Qué hace que no se hagan explícitas? 

Conviene enfatizar, para intentar aproximarse a una explicación de los casos antedichos, la característica esencial de toda relación dual: Entre dos personas que   se comunican se establece, vía emoción, sentimientos, intuición y conocimiento, un código especial, unas normas, en buena parte implícitas, que van a regir la relación. Y ese código, que tiene las claves para descifrar la interacción, que es flexible y alterable, también es único e intransferible. Solo sirve para esas dos personas. 

El Diablo Cojuelo

 

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