NO ES POR ESO

 

Residencia ancianos

 

Que no aparezco por el blog, que no aparezco… Mil veces me lo ha dicho. Que me comprometí. Que, además, estoy más serio. Hablo menos aún. Me ve como decaído. Todavía más sensible. “Te sigue afectando cualquier cosilla, te ahogas en un vaso de agua”. (En fin, es ideal para animar)

Pero no es por lo que ella dice.

Nadie es de piedra. Todos tenemos altos y bajos. Yo no tengo el encefalograma plano. Ni el electrocardiograma. Y ahora lo mismo estoy en una fase bajilla. (Nada de bipolar, ¿eh?). Aunque ya lleve algún tiempo algo mustio, está claro que esto es transitorio. Estoy seguro. ¿No?

Pero no es por lo de la residencia, como ella dice. Se ha empecinado en que estoy como metido en un pozo desde lo de la residencia.

Lo mejor es contarlo para que el personal saque sus conclusiones. El otro día acompañamos a una amiga a la residencia para personas mayores donde tiene a su madre. Yo no había visitado ninguna. Pero sabía que son lugares donde los mayores, voluntariamente, viven felices, con sus necesidades cubiertas, a salvo del ajetreo mundanal. Como debe ser, tras los servicios prestados a la sociedad. (“Como siempre, estás en el limbo”. No deja pasar oportunidad).

Es un edifico amplio, con un extenso jardín. Los pasillos, las habitaciones y todas las dependencias, cuidados y limpios. La señora estaba en el ala de las más mayores, junto con otras mujeres.

Nos dijeron que, en ese momento, todas estaban en el salón, a la espera del almuerzo. Cuando entramos, había como quince ancianas. Todas sentadas, unas en sillones, otras en sillas de ruedas. La tele estaba puesta, pero nadie parecía mirarla ni escucharla. Unas dormitaban. Otras miraban no sé dónde. Alguna nos observó cuando entramos.

Nuestra amiga se dirigió a una mujer sentada en silla de ruedas, con la cabeza ladeada y caída. Me llamó la atención una especie de tubo flexible que le salía de la nariz.

 – Mamá, hola. ¿Cómo estás?

La señora no dijo nada. La miró como si la viera por primera vez.

– Mamá, mírame –le tomó suavemente la cara con las manos y la dirigió hacia ella- ¿Quién soy?

La anciana la miró, pero no respondió.

– Soy María. Tu hija María. Y tú, ¿cómo te llamas tú?

María le siguió hablando con frases sencillas, cortas. Contaba, preguntaba. En alguna ocasión, su madre pareció como querer hablar. Pero solo vocalizó algunas palabras inconexas.

Una mujer se levantó de su sillón y, apoyándose en un andador, se acercó. Se dirigió a mí:

– ¿Su hijo?

– ¿Cómo?… Ah, no. Un amigo de su hija, señora.

– ¡Ah!

Y se me quedó mirando fijamente.

– Está usted quedándose calvo.

– Bueno… sí.

Yo ya sabía que las personas mayores iban pasando de convencionalismos conforme cumplían más años. Pero así, en directo, me cogió desprevenido.

– Y está algo flaco. Tiene mala cara. Coma más.

– Sí, señora.

Le dió la vuelta al andador y se alejó.

Yo todavía estaba bajo los efectos del encuentro cuando se acercó otra mujer. Nos miró a los tres y después a la madre de María.

– ¡Qué lástima! Con lo que ella era…

– Sí, Carmen – le respondió María – Pero que le vamos a hacer. Y usted, ¿como está?

– No respiro bien. Me ahogo, hija, me ahogo. ¿Sabes que tengo que estar la mitad de tiempo enganchada a un respirador?

La señora se fue tras una breve conversación en la que preguntó varias veces a María si sabía que tenía que estar la mitad de su tiempo enganchada a un respirador.

Las demás ancianas también se trasladaban al comedor, enfrente del salón. Varias con andador, arrastrando lentamente los pies. Alguna impulsaba su silla de ruedas. A otras, las llevaban las trabajadoras de la planta.  

María nos dijo que iba a la cocina, anexa al comedor. Apareció casi de inmediato llevando una bandeja. En ella, un servilletero, una cucharilla, un pequeño vaso de cristal con unos polvitos dentro, un vaso de agua y un vaso con un líquido marrón. Y una jeringa. Una jeringa grande.

– Su banquete – nos sonrió.

Yo la miraba, expectante.

Extrajo la servilleta y se la colocó a su madre debajo de la barbilla. Volcó los polvillos en el vaso de líquido marrón y los removió con la cucharilla. Abrió la tapilla que cerraba el extremo del tubito que salía de la nariz.

– ¿Eso qué es? – le pregunté.

– No pongas esa cara, hombre. Es una sonda nasogástrica. No le conviene tomar alimento por la boca; tiene peligro de que, al intentar tragarlo, se le vaya al pulmón.

– Ah. – por decir algo.

Tomó la jeringuilla y la llenó de líquido. La aplicó al extremo del tubo y empezó a presionar.

Ella me miró y me dijo:

– Cierra la boca, que pareces… Sí quieres, te puedes ir a la sala de visitas, que está aquí al lado.

Bueno, aunque hubo más cosas, con lo contado ya uno puede hacerse una idea. Algo normal. Lo que viene a ser una residencia de mayores. Nada para asombrarse. Por eso no sé por qué me dice que, a la salida, yo no quería hablar de lo visto, de la madre de María, de las personas mayores… Una residencia es una residencia y ya está. E, inevitablemente, todos nos vamos haciendo viejos (¡¡¡¡¡). ¿Que tiene eso de novedad? ¿Qué hay que hablar, entonces?

Por eso no sé por qué me sigue machacando con que la visita a mí me ha afectado. Yo reconozco que soy sensible, pero tengo entereza, presencia de ánimo, me sobrepongo. Parece que no sabe con quién convive.

Pero dale que dale. Me sigue molestando con la matraca de que eso hay que hablarlo, que no se puede ser como el avestruz… Que nos vamos haciendo viejos, que si la decrepitud, la enfermedad, la pérdida de dignidad, el testamento vital…

Todo eso lo tengo yo más que pensado hace muchísimo tiempo.

(Me marea.)

 

(Aquella señora era mayor y no veía bien. Afortunadamente me quedan algunos años para estar como ella. Yo no me veo mala cara. Aunque puede ser conveniente que me cuide, el tiempo van pasando… Lo de la sonda es distinto. Anoche soñé con ella. Por curiosidad, me tengo que enterar de eso del testamento vital… No somos nadie.)

 

 

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