SOLEDAD

 

Banco bulevar

 

Viene por el centro del bulevar, andando lentamente, con las manos en los bolsillos del gabán azul. 

No va encorvado, ni tiene la mirada puesta en el suelo. Tampoco advierte el crujido de las hojas secas que pisa, ni mira al cielo gris y triste. 

Aunque parece que para él el entorno no existiera, llegado un momento se desvía levemente hasta detenerse delante de un banco vacío. Lo mira durante un ratito, como un minuto. Nadie se ha dado cuenta de que su cara se ha transformado, imperceptiblemente, por algo así como el amago de una sonrisa. Nadie le ha escuchado decir “hola”. Avanza dos pasos y se sienta. En un lado del banco, con el cuerpo dirigido hacia el otro.  

A su alrededor, la gente pasa, los niños corren, juegan, gritan… Así que, nadie está escuchando sus palabras. Acaso, algún paseante se haya dado cuenta de como ha extendido su brazo sobre el respaldo del banco y está mirando, intensamente, al hueco que hay a su lado. Si acaso alguien mirara a ese hombre, observaría que sus labios se siguen moviendo.  Seguir leyendo “SOLEDAD”

SULAMITA

 

Mujer cubierta

 

¡ Qué bella eres, amor mío, 
qué bella eres!
Palomas son tus ojos 
a través de tu velo!
(…)
¡ Qué lindos se ven tus pies
con sandalias, hija de príncipe!
Tus caderas torneadas son collares, 
obra artesana de orfebre;
tu ombligo, una copa redonda,
que rebosa vino aromado;
tu vientre, montoncito de trigo, 
adornado de azucenas; 
tus pechos igual que dos crías 
mellizas de gacela; 
tu cuello, como torre de marfil, 
tus ojos, las piscinas de Jesbón, 
junto a la puerta de Bat Rabín, 
tu nariz como la torre del Líbano, 
centinela que mira a Damasco; 
tu cabeza destaca como el Carmelo, 
con su melena igual que la púrpura; 
¡un rey en esas trenzas está preso!

¡ Qué bella eres, qué hermosura,
amor mío, qué delicias!
Tu talle es como palmera,
tus pechos son los racimos;
pienso subir a la palmera,
voy a cosechar sus dátiles;
serán tus pechos como racimos de uvas,
tu aliento, aroma de manzanas,
tu paladar, vino generoso…

BIBLIA DE JERUSALÉN. Cantar de los Cantares.

EL ENOJO DE MELIBEA

 

Celestina1
Personajes de La Celestina

 

MELIBEA: (…) ¡Quemada seas, alcahueta, falsa, hechicera, enemiga de honestidad, causadora de secretos yerros! ¡Jesú, Jesú! ¡Quítamela, Lucrecia, de delante, que me fino, que no me ha dejado gota de sangre en el cuerpo! Bien se lo merece esto y más, quien a estas tales da oídos. Por cierto, si no mirase a mi honestidad, y por no publicar su osadía dese atrevido, yo te hiciera, malvada, que tu razón y vida acabaran en un tiempo. 

CELESTINA: (Aparte) ¡En hora mala acá vine (…).

MELIBEA: ¿Aún hablas entre dientes delante mí para acrecentar mi enojo y doblar tu pena? ¿Querrías condenar mi honestidad por dar vida a un loco? ¿Dejar a mí triste por alegrara él, y llevar tú el provecho de mi perdición, el galardón de mi yerro? ¿Perder y destruir la casa y honra de mi padre por ganar la de una vieja maldita como tú? ¿Piensas que no tengo sentidas tus pisadas y entendido tu dañado mensaje? Pues yo te certifico que las albricias que de aquí saques no sean sino estorbarte de más ofender a Dios, dando fin a tus días. Respóndeme, traidora, ¿cómo osaste tanto hacer?

CELESTINA:  (…) Si pensara, señora, que tan ligero habías de conjeturar de lo pasado nocibles sospechas, no bastara tu licencia para me dar osadía a hablar en cosa que a Calisto ni a otro hombre tocase

MELIBEA: ¡Jesú, ¡No oiga yo mentar más ese loco saltaparedes, fantasma de noche, luengo como ciguñal, figura de paramento mal pintado, si no aquí me caeré muerta! Éste es el que el otro día me vido y comenzó a desvariar conmigo en razones, haciendo mucho del galán. Dirásle, buena vieja, que si pensó que ya era todo suyo y quedaba por él el campo, porque holgué más de consentir sus necedades que castigar su yerro, quise más dejarle por loco que publicar su grande atrevimiento. Pues avísale que se aparte deste propósito y serle ha sano; si no, podrá ser que no haya comprado tan cara habla en su vida. Pues sabe que no es vencido sino el que se cree serlo, y yo quedé bien segura y él ufano; de los locos es estimar a todos los otros de su calidad. Y tú, tómate con su mesma razón, que respuesta de mí otra no habrás, ni la esperes; que por demás es ruego a quien no puede haber misericordia. Y da gracias a Dios, pues tan libre vas desta feria. Bien me habían dicho quién tú eras y avisado de tus propriedades, aunque agora no te conocía.

CELESTINA: (Aparte) Más fuerte estaba Troya, y aún otras más bravas he yo amansado; ninguna tempestad mucho dura.

MELIBEA: ¿Qué dices, enemiga? Habla que te pueda oír. ¿Tienes desculpa alguna para satisfacer mi enojo y escusar tu yerro y osadía?

FERNADO DE ROJAS. Tragicomedia de Calisto y Melibea