ESCRIBIR ES FÁCIL

 

Oscar Wilde

Ascanio, que ahora ha encontrado momento de desarrollar sus asumidas cualidades en creación literaria, ha buscado asesoramiento para sus inquietudes: acaba de leer “El arte de escribir cuentos”, producto de autor más bien desconocido, pero inmejorable desde el punto de vista didáctico. No le arredra no haber escrito antes algo más extenso que una redacción escolar. Bajo los efectos del librito, se siente con fuerzas sobradas para escribir toda una novela.  

Después de considerar más o menos detenidamente el suave y cadencioso rasgado de la pluma sobre el papel o el sugerente silencio del bolígrafo, Ascanio ha decidido, para comenzar su obra, ponerse al día. Levanta lenta y solemnemente las manos sobre el teclado de su flamante y potente ordenador, tal que un pianista dispuesto a atacar una pieza. Después de todo, si siete notas dan para tanto, ¿qué decir de veintisiete letras combinadas y de las combinaciones de las combinaciones resultantes y…? Ante tal asombro de posibilidades no tendrá dificultades para escoger un comienzo brioso, preciso, sugerente. Mientras reflexiona, su gesto queda suspendido un momento antes de que, ante el peligro de quedar agarrotadas, las manos vuelven a descansar sobre la mesa.

Y es que Ascanio es un indeciso. Le cuesta trabajo principiar, pero no se crea que es por falta de ideas, ya que tiene muchas y buenas. Porque, ¿resulta tan difícil un inicio semejante a “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana…” o aquel tan escueto de “Call me Ishmael”?. Evidentemente no. Se dice para sí que todo es arrancar, lo demás vendrá como llamado por la primera frase. Reflexiona un instante y se propone: “El enorme caserón se recorta solitario sobre el plateado círculo lunar”. Lo pronuncia varias veces en voz alta y parece quedar razonablemente satisfecho. Este podría ser un arranque aceptable, una frase sonora, sugerente, redonda, sólida, con una sabia administración de los adjetivos, de una precisión lapidaria. Su mismo enunciado es un esbozo del argumento. Le da vueltas a la frase, mientras mira, como hipnotizado, la pantalla en blanco, abriendo y cerrando caminos para su relato, creando personajes, barajando situaciones y sus desenlaces.

Tras un rato, pestañea vehementemente y se dice que también podría comenzar con “La señorita Gómez podría ser una mujer relativamente pequeña si no fuera porque su altura no es el parámetro adecuado para representarla…”. Tampoco este amago de descripción desmerece, con el debido respeto a los maestros, a aquellas referencias escolares como “El coronel Toledano, por mal nombre Polifemo, era un hombre feroz, que gastaba levita larga, pantalón de cuadros y sombrero de copa de alas anchurosas”, o esa otra de evocaciones infantiles de “Platero es pequeño, peludo, suave…”. Por otra parte, el personaje de la señorita Gómez podría dar mucho juego.

¡Oh, que sufrimiento el del indeciso! ¡Qué cruz, en el fondo, tener tan desarrollada esta capacidad de engendrar infinitas perspectivas! 

En fin, podría cambiar de estrategia. Se hará un esquema, un esqueleto de la obra. Es simple. Tales y tales personajes viven estas y otras situaciones. Este personaje será así, pero el otro tendrá estas otras características. Se le pone carne al esqueleto y ya está. ¿No lo hizo así el venerable Cervantes con sus dos personajes universales? ¿No se dijo, abreviando: Don Quijote será alto y enjuto y Sancho Panza será más o menos como un tapón? Y a la vista está el resultado. Simple, natural. 

No, decididamente escribir una obrita no debe ser gran cosa. ¿Acaso él no había leído en algún lugar que Lope de Vega y otro dramaturgo se propusieron escribir una pieza teatral en solo una noche y a la mañana siguiente acudió este último a la casa del Fénix, con un fajito de hojas bajo el brazo, si bien que ojeroso y desmejorado, encontrando al maestro en su jardín, su obra acabada y tan lozano como las rosas que regaba? 

Sin embargo, nuestro hombre desfallece. Para animarse, acude a “El arte de escribir cuentos” y lee: “Ánimo, querido lector, la perseverancia en el esfuerzo harán de usted un prosista afamado”. Considera que tras esta nueva inyección de optimismo no es prudente enfrentarse de nuevo a los rigores del esfuerzo creativo. Además, un cambio de actividad evita el embotamiento de las ideas y libera otras energías. Ascanio decide jugarse una partida de marcianitos, beneficiándose de la poderosa tarjeta gráfica de su magnífico ordenador.

El Diablo Cojuelo
(colaborador)

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