¡QUE TE QUITEN LO BAILAO!

 

Es la vida como el trazo de una circunferencia:
se empieza y se acaba en el mismo punto.

 

Nadie que lo conoció puede decir que era alguien normal, convencional, una persona al uso. Era distinto; sencillo y, a la vez, excepcional. Por donde iba no pasaba desapercibido: sociable, espontáneo, los ojos vivaces, el rostro expresivo, la risa fácil.  Abierto, directo, natural.

Sin haber podido cursar estudios, tenía, sin embargo, una curiosidad interminable; todo le interesaba, por todo preguntaba. Se compraba enciclopedias, libros y, hasta casi el final, acudía a la biblioteca de su barrio. A la hora de abordar los temas, tenía una opinión actual, abierta, tolerante, no frecuente en personas de su formación. 

Siempre lo he visto como un niño. Con los ojos limpios de un niño miraba el mundo y tenía la capacidad de asombro de un niño. No conoció la doblez ni la mezquindad, su mano siempre estaba tendida. Alegre, optimista, entusiasta: rara vez se quejaba y siempre encontraba el lado positivo de las cosas. Y como un niño también podía ser testarudo, impaciente, a veces de genio vivo.

Tío, con noventa años, que te quiten lo bailao.
Se sonreía, ya levemente; sus ojillos pícaros se alegraban:
No me puedo quejar. He visto mucho y he vivido mucho. 

Algún día antes, cantando decía:
¡Que se diga que me he ido alegre!

Y desde su cama, mirando por la ventana un trozo de cielo, siguió asombrándose hasta el final:
¡Qué hermoso es el vuelo de los pájaros!
Como un niño.

 

(Para Joaquín, mi recuerdo y mi admiración)

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