CLITEMNESTRA

 

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Álvaro Cunqueiro (1911-1981)

 

 Clitemnestra era una mujer más bien pequeña, y lo que sobresalía en ella era la blancura de su piel. En la redonda cara reposaban dos grandes ojos castaños y serenos, y pese al pelo rubio, cejas y pestañas las tenía negras. Lo que los ojos tenían de quietos, lo tenía su boca de movible, que siempre estaba haciendo mohínes, mojando los labios con la puntita de la lengua, iniciando un silbido o imitando pájaros. Abundante de pecho, era muy delgada de cintura, y apretaba el corsé inglés lo que podía, aún a costa de una respiración dificultosa, que por otra parte la ruborizaba deliciosamente.

      Clitemnestra nunca declaraba su edad, y desde que el marido zarpó para la guerra y entró en la tragedia, daba las fechas por un vestido que estrenara, por el temporal que estropeó las claraboyas o por una caída que tuviera. Era en el razonar confusa, en el hablar voluble, y nunca sabía terminar una historia; le salían ramas en cada párrafo, y por ellas se iba poco menos que gorjeando, que su decir era una mezcla de grititos, risas, suspiros, confidencias, lágrimas, voces de mando, citar con sus abuelos y mucho «¡ya lo decía yo!», y estando en la mayor animación, de pronto callaba y se quedaba mirando para el techo, como si viese volar mariposas, con la boca entreabierta y la cabeza ladeada.

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ÁLVARO CUNQUEIRO. Un hombre que se parecía a Orestes.

EL DIARIO ADOLESCENTE DE MARÍA

 

María en Pared Vieja_18.08.94

 

María, mi querida María, alivia las primeras arideces de sus amores con el bálsamo de las hojas de su diario. Descarga sobre el espacio vacío, en líneas azules, sus penas de adolescente. Coloca en filas los besos, la amistad, los desaires, los recuerdos, las citas, la pandilla y, sobre las filas, alguna que otra columna húmeda. Y entre filas y columnas, sobre fondo blanco, María encarcela sus penas y vivencias, sin que tarde mucho en exhibir su alegría en su risa insultante, escandalosa, vital.

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(A la María de ayer y de hoy)

 

 

EL CUADERNO DORADO (fragmento del Prefacio)

 

Doris Lessing
Doris Lessing (1919-2013)

Idealmente, lo que debería decirse y repetirse a todo niño a través de su vida estudiantil es algo así:

“Estáis siendo indoctrinados. Todavía no hemos encontrado un sistema educativo que no sea de indoctrinación. Lo sentimos mucho, pero es lo mejor que podemos hacer. Lo que aquí se os está enseñando es una amalgama de los prejuicios en curso y las selecciones de esta cultura en particular.

La más ligera ojeada a la historia os hará ver lo transitorios que pueden ser. Os educan personas que han sido capaces de habituarse a un régimen de pensamiento ya formulado por sus predecesores. Se trata de un sistema de autoperpetuación.

A aquellos de vosotros que sean más fuertes e individualistas que los otros, los animaremos para que se vayan y encuentren medios de educación por sí mismos, educando su propio juicio. Los que se queden deben recordar, siempre y constantemente, que están siendo modelados y ajustados para encajar en las necesidades particulares y estrechas de esta sociedad concreta”

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DORIS LESSING. El cuaderno dorado

 

¡QUE TE QUITEN LO BAILAO!

 

Es la vida como el trazo de una circunferencia:
se empieza y se acaba en el mismo punto.

 

Nadie que lo conoció puede decir que era alguien normal, convencional, una persona al uso. Era distinto; sencillo y, a la vez, excepcional. Por donde iba no pasaba desapercibido: sociable, espontáneo, los ojos vivaces, el rostro expresivo, la risa fácil.  Abierto, directo, natural.

Sin haber podido cursar estudios, tenía, sin embargo, una curiosidad interminable; todo le interesaba, por todo preguntaba. Se compraba enciclopedias, libros y, hasta casi el final, acudía a la biblioteca de su barrio. A la hora de abordar los temas, tenía una opinión actual, abierta, tolerante, no frecuente en personas de su formación. 

Siempre lo he visto como un niño. Con los ojos limpios de un niño miraba el mundo y tenía la capacidad de asombro de un niño. No conoció la doblez ni la mezquindad, su mano siempre estaba tendida. Alegre, optimista, entusiasta: rara vez se quejaba y siempre encontraba el lado positivo de las cosas. Y como un niño también podía ser testarudo, impaciente, a veces de genio vivo.

Tío, con noventa años, que te quiten lo bailao.
Se sonreía, ya levemente; sus ojillos pícaros se alegraban:
No me puedo quejar. He visto mucho y he vivido mucho. 

Algún día antes, cantando decía:
¡Que se diga que me he ido alegre!

Y desde su cama, mirando por la ventana un trozo de cielo, siguió asombrándose hasta el final:
¡Qué hermoso es el vuelo de los pájaros!
Como un niño.

 

(Para Joaquín, mi recuerdo y mi admiración)

ENTRE APOLO Y DIONISOS: EN BUSCA DEL EQUILIBRIO.

 

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Dionisos y Apolo

 

Harry encuentra en sí un ´hombre´, esto es, un mundo de ideas, de sentimientos, de cultura, de naturaleza dominada y sublimada, y a la vez encuentra allí al lado, también dentro de sí, un ´lobo´,  es decir, un mundo sombrío de instintos, de fiereza, de crueldad, de naturaleza ruda, no sublimada. A pesar de esta división aparentemente tan clara, de su ser en dos esferas que le son hostiles, ha comprobado, sin embargo, alguna vez, que por un rato, durante algún feliz momento, se reconcilian el lobo y el hombre. 

HERMANN HESSE. El lobo estepario.

 

Lo apolíneo y lo dionisiaco es una dicotomía filosófica y literaria, relacionada con las características de Apolo y Dionisos, dos dioses de la mitología griega. Desde la antigüedad clásica, muchos autores han recurrido a ella en sus obras: Plutarco, Friedrich Nietzsche, Thomas Mann, Carl Jung… En la producción de Hermann Hesse, son abundantes las referencias a estos dos opuestos. 

Apolo era hijo de Zeus y de Leto y hermano mellizo de Artemisa. Era uno de los dioses olímpicos más venerados y su culto era antiquísimo. Dios del sol, la luz, la belleza, las artes, la adivinación, la medicina… Representaba la razón, la armonía,   la civilización. 

Dionisos (Dioniso, Dionisio; Baco para los romanos), hijo de Zeus y de la humana Sémele, era considerado como dios del vino (enseñó a los hombres a cultivar la vid y elaborar el vino), del exceso, del éxtasis místico; representaba también la fuerza regeneradora de la naturaleza. 

Estos conceptos son conocidos fundamentalmente por la obra de Nietzsche El nacimiento de la tragedia, en la que este filósofo los utilizó en el contexto de un análisis de la evolución de la tragedia griega. Pero es interesante asomarse a ellos desde una perspectiva intraindividual. Apolíneo y dionisiaco, aplicado a lo personal representan también tendencias (contrapuestas o complementarias según uno quiera considerarlo), que se dan en el ser humano.   

Cuando Apolo nos domina somos más razonables, más ordenados, obedecemos y respetamos las leyes humanas, somos más reflexivos, perseverantes y pacientes… En fin, somos “buenos chicos”, en general, propendemos a hacer lo que los agentes educativos nos han enseñado, exteriorizamos nuestro nivel de socialización. Apolo sería algo así como el Superyo freudiano.  Seguir leyendo “ENTRE APOLO Y DIONISOS: EN BUSCA DEL EQUILIBRIO.”

TODO ES VANIDAD

 

Eclesiastés

 

 

Acuérdate de tu Creador en tus días mozos,
antes de que lleguen los días malos
y se echen encima años en que dirás: “No me agradan”;
antes de que se nublen el sol y la luz,
la luna y las estrellas,
y retornen las nubes tras la lluvia.
 Cuando tiemblen los guardianes de la casa y se encorven los robustos,
se paren las que muelen, por ser ya pocas,
se queden a oscuras las que miran por las ventanas,
se cierren las puertas de la calle,
y se ahogue el son acompasado del molino;
cuando se debilite el canto del pájaro
y enmudezcan todas las canciones;
dará recelo la altura,
y habrá sustos en el camino.
Cuando florezca el almendro,
camine pesada la langosta,
y pierde su sabor la alcaparra;
y es que el hombre va a su eterna morada,
y ya circulan por la calle los del duelo.
Antes de que se rompa la hebra de plata,
y se quiebre la copa de oro,
y se haga añicos el cántaro en la fuente,
y se deslice la polea en el pozo,
y vuelva el polvo a la tierra, a lo que fue,
y el espíritu vuelva a Dios, que lo dio.
¡Vanidad de vanidades! – dice Cohélet -: ¡todo vanidad!

ECLESIASTÉS, 12, 1-8